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Alberto, ¿el muñeco de Cristina?

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El gran circo de la expresidenta
El gran circo de la expresidenta

El arte de la ventriloquia consiste en que el público no note el engaño. El ventrílocuo no mueve los labios. En ocasiones fuma o bebe mientras el muñeco sentado sobre su falda parlotea con voz latosa.

 

Desde hace unas semanas nos hemos convertido en un público fascinado ante una función de ventriloquia patética de un circo de mala muerte. Es tan mala que nos produce la misma fascinación que las películas de Ed Wood, el peor director de cine de todos los tiempos que retratara Tim Burton.

En ocasiones, el ventrílocuo y su muñeco tienen nombres parecidos. En nuestro caso, tienen exactamente el mismo apellido: Fernández. La función protagonizada por Cristina y su muñeco Alberto es pésima.

Cristina habla y no se toma la molestia de simular que no mueve la boca. El muñeco Fernández no coordina, quiere mostrarse independiente de la voluntad de su dueña, pero una y otra vez se escucha la voz y se reconocen las palabras de Cristina.

¿Quién le hace la campaña a Alberto? ¿Durán Barba? Es impactante. Alberto nos quiere convencer de que es independiente de Cristina y arranca diciendo “Cristina dice que yo…”.

Es Cristina quien dice, quien habla, quien manda y él lo confiesa frente a Cámara, mientras se ve cómo sus ojos van siguiendo las líneas de un teleprompter redactado por Cristina. El kirchnerismo tiene pasión por los muñecos.

Las mamushkas son muñecas de madera con pañuelos en la cabeza y polleras generosas en cuyo interior se oculta otra de menor tamaño y dentro de esa otra más, y así, sucesivamente, hasta la última, la más pequeñita e indivisible.

Durante los años oscuros de la dictadura imaginaba que las Madres de Plaza de Mayo eran como esas mamushkas que guardaban en su interior la memoria de la sociedad y la semilla de la democracia.

Pero el kirchnerismo jugó al juego de las mamushkas de manera perversa. Las abrió por la mitad, como esos chicos a los que les gusta romper los juguetes ajenos, las dividió, y se metió adentro como lo hacen las colonias de parásitos.

Se ocultaron debajo de las polleras, los pañuelos y el prestigio de las Madres de Plaza de Mayo.

En la película “Néstor”, de Paula de Luque, Máximo evoca un recuerdo infantil: con voz vacilante cuenta que su padre disfrutaba de patearle los soldaditos después de haber pasado horas ordenándolos. Lo mismo hizo Néstor con las mamushkas de Plaza de Mayo.

Una vez que consiguió partirlas a fuerza de halagos primero, prebendas después y finalmente negocios turbios, el kirchnerismo metió muñecos propios en el interior de la organización que alguna vez defendió los derechos humanos, no como una secta, sino entendiendo que los derechos humanos son universales.

O al menos eso pensábamos quienes más de una vez marchamos junto a ellas y nos comimos algún palo de la montada o una corrida en medio de los gases.

En ese proceso de degradación de los organismos de derechos humanos, fuimos testigos de la forma en que el anterior gobierno metió todo tipo de muñecos dentro de las matrushcas del pañuelo.

Muñecos monstruosos como los hermanos Schoklender, parricidas y estafadores; pequeños Chuckies de ojos claros y saltones como Kicillof; muñecos de trapo algo desgreñados y blanditos como los muñecos anacrónicos de Carta Abierta; muñecos que parecían estar siempre duros, como el muñeco Ken rocker de Boudou; muñecos uniformados como el GI Joe de Milani; D’elía, el muñeco que habla… y habla y habla; la marioneta Parrilli que la apretáis un poco y dice: “Soy yo, pelotudo”.

Y, por supuesto, todos los muñecos a cuerda que aplauden; el muñeco Zaffaroni con las casitas de muñecas que alquilaba para que trabajaran sus Barbies.

O el muñeco Néstor, que venía con una simpática cajita fuerte, el que decía “¡éxtasis!” cuando le metías una moneda. Ese mismo muñeco que se negó a recibir a las madres cuando gobernaba Santa Cruz.

Hasta ahora muchos pensábamos, no sin ingenuidad, que las Madres habían sido utilizadas, engañadas por los políticos sin escrúpulos.

Pero descubrimos que este juego de las mamushkas tiene una lógica perversa diferente: el muñeco Milani se metió dentro la mamushka Hebe para evitar ser condenado por delitos de lesa humanidad; el muñeco Boudou se ocultó dentro de la mamushka Cristina para esconder su procedencia de la UCeD y su simpatías por Videla y compañía y, por supuesto, para usarla de escudo en las innumerables causas por las que está preso.

Mientras estuvo en el poder, Cristina era una sola y enorme matriushka que parecía eterna y su grupo vertical, jerárquico y obediente se veía inquebrantable y dispuesto a ir por todo: a romper y fagocitar el poder judicial con el Pacman de justicia legítima y de ese modo derrumbar los demás pilares de la República siguiendo el manual venezolano.

Pero cuidado, a no dejarse engañar por la inocencia de los muñecos. La aparición de las marionetas siempre presagiaron tiempos tenebrosos.

La creadora del primer escuadrón parapolicial fue Encarnación Ezcurra, mentora de la Mazorca que torturó y asesinó a miles de Argentinos escondida detrás de la imagen de Rosas, a quien manejaba a su antojo.

Todos recuerdan el famoso plan “Cámpora el gobierno, Perón al poder”.

Cámpora fue el muñeco de Perón. A la muerte de Perón, Isabel fue la muñeca de López Rega. Son impactantes las imágenes de Isabel en el balcón y, detrás de ella, López Rega, cual ventrílocuo, dictándole los discursos en segunda línea. Fueron años sangrientos.

Desde la sombra López Rega creo la Triple A, sucedánea de la Mazorca resista, que asesinó, otra vez, a miles argentinos. Ese será el destino de la Argentina si regresan los muñecos manejados desde la oscuridad.

 
 

12 comentarios Dejá tu comentario

  1. maria, nadie te gana a vos en escribir boludeces. Y no, juan39, a vos y a la kuka repulsiva de maría les queda poco. Que intriga... que van a hacer cuando se queden sin la limosna peroncha?

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