El 10 de diciembre de 2023 un señor enfundado en una especie de buzo verde oliva había participado en Buenos Aires de los actos de la inauguración presidencial de Javier Milei.
Había tomado apenas unas horas de distancia con la dirección de una guerra que otro señor, de la noche a la mañana, le había tirado por la cabeza hacia casi dos años.
Volodymyr Zelenskyy el presidente de Ucrania recibió de manos del presidente recién investido un candelabro de 9 velas que él mismo encendería en el Hanukah del año siguiente con la expresa mención de agradecimiento al presidente de la Argentina.
El respaldo del país a Ucrania y a su causa contra el dictador Putin estaba del todo alineado con la nueva perspectiva de la política exterior del nuevo gobierno: feroz oposición a las dictaduras, identificación con un presidente judío agredido por un nazi (dentro del nuevo alineamiento argentino con Israel), defensa de los principios de la libertad que habían sido avasallados por la ocurrencia de un autócrata imperialista y un contraste marcado con el perfil de la administración saliente que, en la boca del ex presidente Fernández, le había ofrecido a Rusia que la Argentina fuera la puerta de entrada de ese país a América Latina, en una de las frases más conspicuamente entreguistas de las que se tenga memoria.
Todo ese encadenamiento de racionalidades lógicas -porque respondían a una concepción coherente con el pensamiento que el candidato Milei había explicado durante su campaña- ha quedado como mínimo en suspenso luego del voto argentino de ayer en la ONU en el que el país se abstuvo de expedirse sobre una moción del organismo que exigía a Rusia el retiro de sus tropas del territorio ucraniano.
En el medio de los dos acontecimientos -la ponderación a Zelenskyy y el voto argentino en la ONU de ayer- se produjo la asunción de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos.
Todo el mundo conoce, a esta altura, la posición personal del presidente respecto de la relaciones del país con los EEUU y, particularmente, con el presidente Trump.
Ya había habido un antecedente de voto argentino en las Naciones Unidas que, en su momento, le costó el puesto a la entonces canciller Diana Mondino. En esa ocasión se discutía una propuesta que le exigía a EEUU levantar el embargo comercial contra Cuba. Allí la Argentina votó contra la negativa norteamericana y de Israel y Mondino salió eyectada del Palacio San Martín.
En ocasión de su reemplazo por Gerardo Werthein, la oficina del presidente informó que se aprovecharía la situación para hacer una fuerte revisión del plantel de la Cancillería para que no se produjeran en el futuro cortocircuitos entre la visión presidencial respecto del posicionamiento internacional del país y lo que fueran los votos de la Argentina en las Naciones Unidas como así también en otros organismos multinacionales.
Ahora nos encontramos frente a este otro voto. Llama la atención porque las Naciones Unidas trasmite una imagen de importancia que excede en mucho el triste papel que ha desempeñado desde su creación. Pero de todos modos, mientras exista o mientras el país forme parte de ella, los votos respecto de sus mociones son una especie de caja de resonancia que multiplica sus efectos cuando hay ruidos de fondo que hacen poner la lupa en cómo el país se expide respecto de lo que allí se discute.
En ese marco, que el presidente que se presentó como el aliado del agredido (agredido por un país dictatorial que era socio del gobierno que Milei vino a reemplazar) se abstenga ahora en una votación en la que se pedia que el agresor se retire del territorio del agredido, llama mucho la atención.
Yo puedo entender lo que está en juego en el escenario más grande del que este capítulo es solo una parte: el posicionamiento de Buenos Aires respecto de los nuevos vientos en Washington. Pero de ahí a abandonar una posición principista (por parte de un gobierno que dice hacer un culto de los principios) para supeditar la postura de la Argentina a las todavía dudosas iniciativas de “paz” que Trump dice tener para esa zona del mundo (que, entre paréntesis, probablemente terminen por endosar [como mínimo] algo de la ganancia territorial a la que Putin aspira) me parece que es demasiado.
La experiencia demuestra que los que abandonan aquellas creencias en las que creen en serio por una aparente conveniencia circunstancial, acaban por perder los beneficios de las creencias y también los supuestos beneficios derivados de haber traicionado las creencias.
Frente a la guerra de Ucrania no cabe tener posiciones de medias tintas: o se está con el dictador agresor o se defiende a la víctima agredida. Si la prepotencia de la fuerza no se considera una opción valida para imponer posturas dentro del país, esas metodologías tampoco deben apoyarse fuera de la fronteras, independientemente de que circunstancias periféricas hagan parecer como conveniente aceptar las prepotencias de algunos mientras se rechazan las de otros.
Putin es un nazi prepotente y a los nazis prepotentes hay que pararlos en seco. Si no tengo los medios materiales para hacerlo por mi mismo porque la política chatarra de mi país lo convirtió en una tierra pobre y sin recursos, al menos debo dejar una notificación clara de dónde estoy parado frente a la agresión.
La abstención de ayer en la el voto de las Naciones Unidas no deja un buen sabor para los paladares de los que siempre vamos a defender la libertad, aunque más no sea con la fuerza de la palabra.