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Cuando Europa tiembla: manuales, miedo y la sombra de la guerra

El aire de Estocolmo es cristalino y silencioso. Pero en el silencio hay un murmullo: el del miedo, el del tiempo que gira sobre sí mismo y vuelve a desplegar su sombra sobre Europa. Los manuales nórdicos ya no hablan de heroísmo ni de sacrificio, sino de instrucciones precisas, casi quirúrgicas: “Si oyes la alarma, busca un sótano. Si sangras, presiona fuerte. Si mienten, comprueba los hechos.”

Son frases que resuenan como golpes secos, desprovistas de épica, pero cargadas de un peso invisible. Europa se prepara, o mejor dicho, se adapta a la idea de que la guerra no es un fantasma del pasado, sino un huésped al que tal vez habrá que volver a hacerle espacio.

Preparación en tiempos de incertidumbre

En 1940, los niños británicos evacuados llevaban etiquetas al cuello como si fueran equipaje. Hoy, los gobiernos recomiendan a sus ciudadanos almacenar agua para tres días, medicinas, dinero en efectivo y una radio a pilas. ¿Qué ha cambiado? Nada, salvo el lenguaje. El miedo sigue ahí, con otro nombre y otro rostro, pero con el mismo eco de pasos en la noche.

Las trincheras de Stalingrado dejaron testimonio de la escasez y el sufrimiento. Un soldado ruso escribió en su diario: “Tengo tres balas, una rebanada de pan congelado y una foto de mi hija. Es todo.” En Leningrado, los sitiados recurrían a pegamento de libros y cuero hervido para no morir de hambre.

Hoy, los manuales modernos no mencionan el canibalismo, pero insisten en la importancia de almacenar alimentos no perecederos y aprender a purificar agua. El miedo es el mismo; solo han cambiado las formas de administrarlo.

El eco de la Guerra Fría

El temor a un conflicto con Rusia no es nuevo. Durante la Guerra Fría, Berlín era una herida abierta, un muro de concreto y silencio. Las familias quedaron separadas, los soldados vigilaban desde torres de luz y los días transcurrían con la rigidez de una máquina sin alma. En 1962, durante la Crisis de los Misiles en Cuba, el mundo contuvo la respiración. Europa miraba hacia el Atlántico y veía reflejada su propia fragilidad.

Los manuales de entonces eran hojas escritas con el pulso tembloroso del pánico: “Encuentre un refugio. No mire al resplandor. No salga hasta nueva orden.” Los escolares practicaban simulacros que no los salvarían, los hogares escondían víveres en sótanos oscuros.

Mientras tanto, Hollywood estrenaba la película “El día después de mañana”, donde el miedo adoptaba otra forma, la de un mundo colapsando bajo el peso de su propio clima. Un cataclismo en pantalla, pero una metáfora inquietante de la incertidumbre global.

Ahora, los manuales modernos no mencionan explosiones atómicas, pero instan a preparar suministros. No hablan de espionaje, pero advierten sobre la desinformación. La amenaza no ha desaparecido; solo se ha vuelto más abstracta, más difusa, más difícil de señalar con el dedo.

La información como arma

La guerra moderna no se libra solo con balas, sino con palabras. Durante la Segunda Guerra Mundial, la propaganda nazi se expandió como una infección. En la Guerra Fría, la información era un campo de batalla: Radio Free Europe emitía mensajes de esperanza hacia el bloque soviético, mientras la KGB sembraba dudas y rumores en Occidente.

Hoy, la desinformación se mueve a la velocidad de la luz. No necesita imprentas ni locutores: le basta un clic, un retuit, un algoritmo. Los manuales nórdicos advierten sobre este peligro: “La desinformación mata. Verifica. Piensa. No compartas lo que no estés seguro.”

Schopenhauer lo dijo: “La verdad pasa por tres etapas: primero es ridiculizada, luego es violentamente rechazada y, finalmente, aceptada como evidente.” En nuestra época, las mentiras también siguen ese proceso, pero a una velocidad que no da tiempo a la reflexión.

Sobrevivir sigue siendo la prioridad

Los hombres de 1939 aprendieron a base de golpes. Los de la Guerra Fría aprendieron a base de simulacros y amenazas veladas. Los de hoy tienen manuales. Pero cuando las luces se apaguen y el zumbido de los drones llene el cielo, lo único que importará será esto:

Si hay fuego, ¿sabes esconderte en la sombra? Si hay sangre, ¿sabes cerrarla? Si hay silencio, ¿sabes lo que significa?

Las autoridades insisten en la preparación. Sin embargo, la historia enseña que ninguna lista, ningún protocolo, puede detener la marea del conflicto si este decide avanzar.

Los manuales pueden ayudar. Pero cuando los refugios se llenen y el cielo se vuelva hostil, lo único que importará será esto:

Aguantar. No rendirse. Seguir vivo un día más.

Europa observa y espera. El miedo, una vez más, ha encontrado su lugar en el corazón del continente.

Eso es todo lo que hay.

Director periodístico: Christian Sanz © Tribuna de Periodistas. Todos los derechos reservados
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