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Fiesta en la granja

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9 DE JULIO: NADA PARA FESTEJAR
9 DE JULIO: NADA PARA FESTEJAR

    “Una nación, en el concepto moderno, no puede apoyarse exclusivamente en la ganadería y la agricultura. No hay ni puede haber gran nación si no es nación industrial. La República Argentina debe aspirar a ser algo más que la inmensa granja de Europa.”  

 

    Estas precisas palabras, no salieron de la boca de un economista inscripto en una línea de pensamiento distinta de la neoliberal. Las mismas, que datan de 1906, provinieron de un ex presidente argentino del siglo XX, Carlos Pellegrini, el fundador del Banco de la Nación Argentina.  

    Ochenta y cuatro años después de esta premonitoria advertencia, el ministro de Obras y Servicios Públicos del menenismo, Roberto Dromi, reconocía a calzón quitado ante el Congreso Nacional: “Ustedes saben con honestidad que todos los pliegos tienen una cláusula no escrita, que no la hemos escrito por vergüenza.......nacional, que es el grado de dependencia que tiene nuestro país, que no tiene ni siquiera la independencia, ni siquiera dignidad, para poder vender lo que hay que vender. Un país que no tiene disponibilidad de sus bienes, un país que está inhibido internacionalmente. A-rro-di-lla-do, a-ver-gon-za-da-men-te, nuestro país, yo no quiero hacer historia de cuándo viene......éste es el país del que yo soy ministro hoy 28 de agosto de 1990.”  

    El compañero de andanzas de María Julia Alsogaray no quiso bucear en la historia de la dependencia, para ilustrar como, a decir de Salomón, que el escándalo siempre viene de antiguo.


En el principio, estaba la vaca

   
Basta darse una vuelta por el pseudo barrio de Puerto Madero, para percatarse de los restos del esplendor de la Argentina agroexportadora. Con solo bajar la vista hacia los amarres donde se ataba la soga de los cargueros, una inscripción indica que fueron fabricados en Cardiff, Gran Bretaña. Esto, como se verá a continuación, no constituyó un mero fruto de las casualidades permanentes.
 

    En 1776, el virrey Vértiz es puesto al frente del novel Virreinato del Río de la Plata, con sede en el Puerto de la Santísima Trinidad, ciudad de Santa María de los Buenos Aires. “La ciudad con un puerto en la puerta”, como decía una canción de Piero en los 70, comenzó a plasmar su predominio sobre el resto del territorio. Con el comienzo de la explotación de los saladeros en la llanura pampeana, el puerto de la Santísima Trinidad fue la boca de expendio de la carne salada (o tasajo) hacia el mercado británico. Así, con el primer paso de la explotación ganadera, se inicia el predominio de la demanda externa sobre la interna.  

    Con este esquema, se fue gestando una oligarquía terrateniente que le proveía insumos vacunos (por así decirlo) a la burguesía comercial afincada en el puerto.  

    Pero la metrópoli londinense quería más. Advirtiendo que la restrictiva política española de no abrir sus puertos a sus productos, los británicos resolvieron apoderarse por la fuerza del floreciente puerto de Buenos Aires. Dos expediciones armadas en 1806 y 1807, que resultaron un tremendo descalabro, les indicaron que el dominio efectivo del Río de la Plata sería por la sutileza de la insidia. Para ellos, la política económica era la continuación de la contienda bélica por otros medios.  

    Así, pusieron a trabajar a dilectos cerebros como Maitland y Strangford para socavar el poderío hispánico y disponer de este inmenso mercado en ciernes. Aprovechando la caída de España bajo la bota napoleónica, no les sería difícil plantear una lenta pero definitiva absorción de los deseos independentistas de los criollos rioplantenses. Precisamente, fue una fragata británica que ancló en el puerto de Buenos Aires el 14 de mayo de 1810, la que trajo la noticia de la disolución de la Junta Central de Sevilla, acontecimiento confirmado cuatro días después por otra fragata de igual bandera. Era el principio del fin del Virreinato del Río de la Plata, pues el 25 de mayo la autodenominada Primera Junta, integrada por sectores de la burguesía porteña, fuerzas militares y el clero, destituía al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros.  

    La “Revolución de Mayo”, cantada hasta el hartazgo por la historiografía oficial y por los pseudo liberales, fue más que nada el triunfo de la burguesía comercial porteña y el comienzo del advenimiento del libre mercado bajo la férula británica. Según reconoce Félix Luna, “una de las prioridades de la Junta era obtener apoyo o, al menos, una actitud benévola por parte de Gran Bretaña. Pero había un gran obstáculo: esta potencia europea era aliada del Consejo de Regencia en la lucha contra Napoleón. Mal podían los ingleses, entonces, ayudar a quienes eran rebeldes a la autoridad española. Era un margen muy estrecho el que se ofrecía a los revolucionarios de Buenos Aires, pero el intento se hizo de todos modos, y no resultó mal.  

    Al día siguiente de la instalación de la Junta, su presidente y algunos vocales recibieron a dos capitanes de navíos de guerra británicos, fondeados en la rada. En esta entrevista se puso de manifiesto el tono que tendría en adelante la peculiar relación entre el gobierno británico y la antigua colonia española: simpatía por la causa rebelde, imposibilidad de prestar oficialmente cualquier tipo de ayuda. Pero también se evidenció la preocupación por mantener la cancelación del sistema restrictivo y monopólico que había caracterizado a la época anterior.  

    Tal fue el tono de las conversaciones que mantuvo en Londres, en agosto y septiembre de 1810, el enviado de la Junta, Matías de Irigoyen, con el marqués de Wellesley, encargado de las relaciones exteriores de su majestad británica. En este caso, Wellesley ofreció la mediación de su gobierno para entablar negociaciones entre Buenos Aires y el Consejo de Regencia, oferta que Irigoyen rechazó cortésmente. Pero el funcionario británico –como apunta un historiador- hizo la vista gorda de modo que el enviado porteño pudiera sacar de la isla una partida de fusiles y otras armas. Más no se podía pedir...” (Historia Integral de la Argentina, Planeta-1995)  

    Cabe recordar que el nombrado Wellesley, no es otro personaje que el futuro duque de Wellington, quien cuatro años después de este encuentro, derrotaría definitivamente a Napoleón en la batalla de Waterloo.  

    Plin, caja. Los naipes ya estaban echados sobre la mesa, y el desigual truco no había hecho nada más que comenzar.  
    Cuando el 9 de julio de 1816 las Provincias Unidas del Río de la Plata decretan en San Miguel de Tucumán la independencia formal, la burguesía portuaria no pudo disimular su codicia: “Tan pronto como las autoridades bonaerenses tuvieron noticias de la declaración de Tucumán, se la comunicaron a Staples (el enviado británico en Bs.As) con júbilo, expresándole su satisfacción por la perspectiva de un incremento en el comercio con Gran Bretaña. En agosto, el Director Supremo le ordenó a Sarratea, que estaba aún en Londres, que pidiera a Gran Bretaña el reconocimiento del nuevo Estado.” (John Street, Gran Bretaña y la independencia del Río de la Plata, Buenos Aires, 1967)

    Este esquema, signaría por décadas el desarrollo de la nueva nación sudamericana hasta convertirla en una virtual factoría dependiente del capital británico: “Tras la victoria de las fuerzas de la capital sobre las del interior, representadas parcialmente por la Confederación Argentina por el general Justo José de Urquiza en 1852, se elaboró la Constitución de 1853. Se formalizó así el predominio del centro comercial portuario de Buenos Aires y de la oligarquía terrateniente de esa provincia sobre el resto del país. Pero esto no fue suficiente para superar la congénita impotencia de las clases dominantes para estructurar un mercado interno unificado y dotar a la Argentina de un Estado centralizado de manera democrática, que impulsara un armónico desarrollo económico capitalista. La segunda mitad del siglo fue el escenario de crisis constantes durante las cuales la conformación de la nación no logró plasmarse sino en un dominio compartido y contradictorio de los sectores comercial y terrateniente de la burguesía argentina. La continuación de los enfrentamientos armados civiles no permitieron la celebración, hasta casi diez años después, en 1862, de las primeras elecciones presidenciales.  

    En las últimas décadas del siglo XIX, la gran expansión económica argentina se basó en las ventajas comparativas de la pampa. La fertilidad de esas tierras empujó a los terratenientes a convertirse en proveedores del mercado mundial, principalmente de Gran Bretaña, potencia dominante de la época, ya que sus bajos costos relativos les permitían competir exitosamente. Mientras el ganado se reproducía sin mayores problemas, de manera natural, la bondad de las tierras pampeanas permitía un alto rendimiento de los cultivos agrarios. Carnes, cueros y cereales fueron así la plataforma para que la economía argentina creciera ininterrumpidamente durante las dos últimas décadas del siglo XIX y las tres primeras del XX. En ese período, el desértico paisaje de la pampa se fue transformando en otro de praderas fértiles que, a través de la construcción de miles de kilómetros de vías férreas, transformó a la República Argentina en un coloso exportador de esos bienes primarios a tal punto que, por su generación de riqueza, se los denominó “industria”. Con la construcción de los ferrocarriles por parte de los capitales británicos, la expansión del territorio cultivable y de la explotación de la ganadería extensiva se consolidó al poder trasladar sus producciones a los puertos de Buenos Aires y de Rosario para su exportación al mercado mundial.” (Angel Jozami, Argentina: la destrucción de una nación)

    Como se apreciará al leer estas líneas, el sueño de la patria grande sanmartiniana fue sepultado bajo miles de toneladas de carne vacuna y cereales que generaron riquezas ingentes para un puñado de especuladores.  

    Estos, con su política de “tirar manteca al techo”y su estrechez de miras, imprimirían al país un corset limitado a su economía que a la larga sería fatal: “El importante excedente generado por la renta diferencial de la tierra en el mercado internacional no se destinó, sin embargo, como podría presumirse que hubiera ocurrido, a una fuerte inversión en el desarrollo industrial del país. La idea de que la independencia nacional dependía, en el moderno mundo capitalista, de un fuerte desarrollo industrial y de un mercado de capitales propio, fue siempre ajena a la ideología de los terratenientes argentinos, para quienes el buen pasar histórico que les había tocado en gracia era un hecho casi natural y eterno”. (Angel Jozami, obra citada)


El tren equivocado

 

    El final de este derroche ingente, precipitó la decadencia argentina: “Hacia fines del siglo XIX, Inglaterra enfrentaba una dura disputa. En el orden interno, los trabajadores organizados en sindicatos reclamaban mejores condiciones de vida y las empresas necesitaban mantener sus márgenes de utilidad para reinvertir y acompañar la reconversión industrial hacia un perfil productivo con elevados costos de instalación. La solución fue abaratar el costo de la alimentación en Inglaterra, con lo cual indirectamente se aumentaban los salarios, pero sin perjudicar la ganancia empresaria. Los ingleses invirtieron en el ferrocarril, electricidad, gas, teléfonos, el primer subterráneo de América Latina, los puertos y los frigoríficos. Se extendió la frontera agrícola, la campaña del desierto incorporó las más valiosas extensiones de la pampa húmeda. Sin embargo, a diferencia de los EE.UU, la agricultura y la ganadería no crecieron como subsidiarias del desarrollo industrial interno, sino como un subsidio implícito al consumo de los ingleses y como instrumento funcional a su industria. Nos subimos al tren del progreso, pero asociándonos a quienes iban a perder. EN 1937, al declararse la inconvertibilidad de la libra esterlina, comprendimos que el tren nos había conducido a una vía muerta y nos había alejado de nuestro destino”. (Oscar Tangelson, Revolución tecnológica y empleo, Buenos Aires, 1988)

    Ahora, en este día tan particular, sería muy acertado que la clase dirigente política y empresaria, en vez de lucir escarapelas y tremolar banderitas, tenga muy en cuenta los errores del pasado para que Argentina jamás vuelva a ser la rebosante granja de nadie.

 

Fernando Paolella

 

5 comentarios Dejá tu comentario

  1. Tuvimos buena intención. Al independizarnos de la madre patria, luego hubo que elegir forzosamente un aliado entre las potencias colonialistas para no caer ante una invasión. No fué una mala intención. Cuando elegimos ser el mayor granero del mundo, sin enterarnos que era aquello de la revolución industrial. Otra buena intención. Cuando despues de haber transitado un escarpado camino compartimos el podio entre los poderosos. Fueron buenas intenciones Cuando en nuestra sociedad contábamos con la clase burguesa, si esta existía en los países mas cultos y adelantados, contábamos entonces, con la burguesía criolla. Fué un acto de buenas intenciones. Hallar "un general" para exterminar la burguesía y a todo lo que se le pareciera. Seguimos llenos de buenas intenciones Cuando aún hoy mantenemos su legado en manos de quienes lo representan "por si vuelven", y por las dudas. Cada adoquín del camino que nos conduce al cementerio fué colocado allí "con las mejores intenciones" pero esto no desvía su destino.

  2. JUAN,TE FELICITOOO PODES CONSIDERARTE PREMIO NOBEL DEL ENTREGUISMO NO FUERON BUENAS INTENCIONES , FUERON PARADIGMAS ESTUPIDOS QUE SIGUEN TENIENDO VIGENCIA POR LOS CORDOBESEADOS

  3. Estimad@s foristas: Quizás el artículo del amigo Paolella hubiera sido mas constructivo si se hubiese concentrado en el Congreso de Tucumán en lugar de analizar mas de 100 años de historia. Resumir mas de 100 años de historia en un artículo tan corto es toda una hazaña. Yo creo que el copete es desafortunado. Dice: "9 de Julio: Nada para festejar". Humildemente creo que podemos festejar el ejemplo que nos legaron los hombres del Congreso de Tucumán. Podemos aprender de ellos. El Congreso de Tucumán se convocó en circunstancias de grave riesgo para la supervivencia de las Provincias Unidas. Derrotado Napoleón en 1815, el tratado de Viena pergeñado por Metternich había impuesto la restauración monárquica en toda Europa. Las ideas republicanas fueron aplastadas en forma implacable por la fuerza de las armas en Italia, Francia, Rusia. En América la situación no era mejor, sino peor. La reacción realista triunfaba en todas partes desde México hasta el Alto Perú. Las Provincias Unidas estaban rodeadas por territorios dominados por fuertes ejércitos españoles. Estos habían derrotado al Ejército del Norte en 1814 en Ayohuma, contando Belgrano con 2000 hombres en condiciones de combatir, con 8 cañones, en tanto Pezuela llevó al campo 3500 hombres y 18 cañones. Esto sirva de ejemplo de la disparidad que existía entre los realistas y nosotros. Chile estaba totalmente ocupada por los realistas, habíendo derrotado a los chilenos de O'Higgins en Rancagua bajo el mando del general Osorio en 1814. O'Higgins se retiró hacia Mendoza donde sus tropas habían de contribuir luego a constituir el Ejército de los Andes. Y mas al norte, la amenaza perpetua del ejército realista del Perú, que en aquel tiempo tenía una concentración masiva de tropas en condiciones de combatir, entre ellas algunos regimientos españoles muy fogueados que habían luchado contra Napoleón. La Patria estaba dividida internamente por las disputas entre porteños y federales. Las provincias de la Liga Federal no enviaron congresales a Tucumán, excepto Córdoba. De modo que no había congresales del Alto Perú, salvo unos pocos, ni de Paraguay, Corrientes, Misiones, Entre Ríos, Santa Fe, ni la Banda Oriental. De hecho, menos Córdoba, esas provincias estaban en plena guerra civil contra el gobierno porteño. Las provincias de la Liga Federal no solo no concurrieron a Tucumán sino que ya habían organizado en 1815 un contracongreso en Concepción del Uruguay, al que asistieron Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe, Córdoba y la Banda Oriental. En estas difíciles, y aun apremiantes, condiciones externas e internas el Congreso era urgido por San Martín, quien pedía la declaración de la independencia en forma inmediata. En carta al congresal Godoy Cruz, dice: "Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas." Finalmente, el 9 después de algunas vacilaciones se declaró la Independencia. La primera vez que visité la Casa de Tucumán no existía el revestimiento de plástico de las losas del piso (presumiblemente, la única parte original que persiste de la casa) y no pude evitar un sentimiento de reverencia profunda, admiración y enorme respeto por el coraje, y hasta diría la audacia, de estos hombres que, con sus imperfecciones, dudas, temores y divisiones internas se atrevieron a llevar a cabo un acto fundacional que en la América de la época parecía una locura. Recuerdo que mi emoción me impidió ver con claridad la sala, porque mis ojos se llenaron de lágrimas. Desde esa época he estado varias veces en la Casa de Tucumán y siempre me ha embargado una sensación de reverencia, de admiración y de tristeza al pensar en los años que transcurrieron desde 1816 hasta hoy. Un abrazo, saludos a los señores periodistas y a mis amig@s foristas. Jorge A. Rodriguez jorge@trashmail.net

  4. Sr. Cachuso La autoría del artículo es del Sr Fernando Paolella, no mío. Ud. debe limitarse a opinar sobre la nota del autor, y no a los comentarios de foristas. Ya que casualmente nos encontramos aprovecho para preguntarle si han logrado independizarse de EEUU, no quisiera ser pesimista, pero, lo veo un poco dfícil..... Saludos.

  5. Sr Fernando Paolella: 1º) En época de Don Carlos Pellegrini no existía el "neoliberalismo" y ahora tampoco. Esa es una palabreja inventada por los detractores e ignorantes del liberalismo que lo único que pretenden es su descalificación. 2º) Comparar lo que dijo Pellegrini con lo que dijo Roberto Dromi es como comparar dichos de la Madre Teresa de Calcuta con los de Luis D´Elía Atentamente

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