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BOLAÑO, CABALLO DE TROYA DE LA LITERATURA CHILENA

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Lector empedernido, autor de una escritura sinuosa, reptil, reveladora, Roberto Bolaño alcanzó a sacudir la narrativa chilena y latinoamericana, antes de partir prematuramente a un estación desconocida pero adivinada por al especie, que no acude al tradicional expediente de los elefantes, sino que se atiene a las sorpresas del momento y de la vida.

 

Roberto Bolaño, de aspecto de profesor chiflado, con el tono del despiste que es todo lo contrario, porque sus primeras palabras son al audacia, sagacidad, la opinión que busca un blanco, fue un gran jugador, siempre apostó a la literatura y asimismo y ganó.

Hombre de múltiples oficios, además del escritor, viajero, extranjero por condición natural, se supo marcado por la literatura y marchó con la obsesión que requiere el oficio sin cesar, acogido por Barcelona felizmente, y se instaló con su prosa escrita y verbal, hasta el final de sus días, que para fortuna de sus lectores se prolongarán en su escritura.

Hombre de juicios lapidarios, usó el verbo sin vaselina contra sus pares, Chile, los grandes escritores latinoamericanos, la izquierda que dijo profesar, untó con mierda, por decirlo en sus palabras, lo que consideraban otros intocable, porque Bolaño se paseó por su propia gramática.

Arbitrario como pocos, dijo que la literatura chilena giraba en torno a un sol muerto que era Pablo Neruda, de quien rescato sólo dos libros que no identificó, y subrayó que era la principal coartada para que exista esta entelequia que se llama literatura chilena. Palabras más o menos en su libro Putas asesinas.

La literatura chilena, afortunadamente para todos, es más que Neruda, al igual que la poética, y ello ocurre en Argentina con Borges y México, Rulfo. Siempre hay alguien más detrás de la pared, y algunos narradores han tomado a Neruda como caballito de batalla, objetivo de culto, paseo Ahumada de su propia literatura, lo que refleja la grandeza, monumentalidad de la obra del vate, aún entre sus fervorosos enemigos que no le perdonan tanta poesía.

El tema de la narrativa de las patas cortas chilenas, pareciera ser otro, y no la magnífica retórica nerudiana, si no, pregúntenle a Parra, porque aún nos e escribe la gran novela de Santiago, y la prosa deambula por las ramas próximas del parque Forestal, sin tocar a fondo el río Mapocho.

La visión critica de Bolaño de la literatura chilena y latinoamericana me parece audaz, necesaria, valiente, personal, entrometida, y sobre todo, corresponde a quien desea instalarse al frente de sus pares. No le queda otra, a quien viene cargado con tantas municiones que disparar. Enhorabuena que Bolaño era chileno, me digo.

Si yo hubiera sido Robespierre, o no, mejor Danton, en una de esas los envío a la guillotina. Latinoamérica, entre sus muchas desgracias, también ha contado con un plantel de escritores de izquierda verdaderamente miserables. Quiero decir, miserables como escritores. Y yo ahora tiendo a pensar que también fueron miserables como hombres. Y probablemente miserables como amantes y como esposos y como padres. Una desgracia. Trozos de mierda esparcidos por el destino para probar nuestro temple, supongo, porque si podíamos vivir y resistir esos libros seguramente éramos capaces de resistirlo todo. En fin, no exageremos. El siglo 20 fue pródigo en escritores de izquierda más que malos, perversos".

Estas palabras entrecomilladas, aunque el hablaba en forma directa, sin paréntesis, dijo en una ocasión, como para sumar todos los enemigos a sus propios costes y de las generaciones venideras.

Pero este es el Bolaño que debemos recordar, el mismo irónico antes de partir, el que metió en la ducha fría a la prosa chilena y no la volvió a sacar más, porque prefirió seguir escribiendo sin pedales barranco abajo, como debe hacerlo un escritor de verdad.

Fue reconocido en vida, para su fortuna y de la literatura, con el Rómulo Gallego, en España y Chile, con una serie de premios, bien ganados y merecidos.

Se definió con claridad en el contexto de la tradición literaria y entre sus pares. Fue rotundo y preciso. Así se expresó, sobre el tema, veamos.

En Latinoamérica, en líneas generales, sólo ha habido dos generaciones de narradores", opinaba Bolaño en una entrevista para el diario ‘La Tercera’ (Chile). " La primera, la grande, empieza, digamos, con Macedonio Fernández, y termina con Reinaldo Arenas y Manuel Puig". La segunda, es aquella en la que él reconoce junto con compañeros como el escritor y cineasta Fernando Vallejo (Colombia), Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963), Alan Pauls (Buenos Aires, 1959), Carmen Boullosa (México, 1954) y Daniel Sada (México, 1953). Cuando le preguntaron sobre qué unía a un grupo de escritores tan heterogéneo, Bolaño no dudó en responder: "¿Qué nos une? Bueno, todos escribimos, con mayor o menor acierto. Más bien la pregunta es ¿qué nos debería unir? Y la respuesta es muy sencilla. Obras maestras. Pero, claro, es muy fácil decir Obra maestra. Escribirlas es lo difícil".

Vamos a echar de menos a este Caballo de Troya de la literatura chilena. No lo conocí, pero aprendí a amarlo y odiarlo, dos condiciones necesarias para un buen escritor. Por ahí editaré algunos artículos que circularon en portales de España, pero que en Chile pasaron por alto, y llevan la acidez a la altura de Bolaño.

Su primer mérito fue atreverse a escribir y hacerlo bien. Sin complejos. Le vio la suerte hasta donde pudo.

Un hombre exitoso de la Diáspora, esa provincia bautismal que no termina de nacer. Tan alejada de la Loca geografía, tan próxima de sus raíces, tan llena de olvido, tan chilena. Hombre sin banderas ni oficialismos torvos, es lo que debemos tomar de la bandera de Bolaño, suspendida en el duelo, no arriada en el exilio. Dijo lo que dijo, convengamos, porque tuvo con que respaldarlo, su obra.

Leerlo ahora es el mejor homenaje a él y la literatura. Un país semidevastado por la Teletón, los Realty Show, el mercado, el smog, la mentira, la banalidad, la falta de libertad de expresión, ha perdido a un gran escritor.

 

Rolando Gabrielli

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