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K, kilómetro cien en buena marcha

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LOS 100 DÍAS DE KIRCHNER
LOS 100 DÍAS DE KIRCHNER

Los primeros cien días de gobierno son fundamentales para un presidente. Sobre todo cuando se encuentra en un país en ruinas, absolutamente postrado, inseguro, bajo el signo implacable de la derrota.

 

Cómo duele que una nación rica, otrora tan próspera, fecunda, aventajada, con grandes soñadores, espléndida, viva de rodillas por tanto tiempo en medio del generoso trigal de sus pampas y las anchas avenidas de su mágico Buenos Aires.

No es literatura, ni son adornos circunstanciales estas palabras, apegadas a la historia más reciente, marcada por la vulnerabilidad en todas sus fases, porque me refiero a Argentina, sin más calificativos ni imágenes volátiles, que su propio espejo.

La Argentina ha llegado al kilómetro cien con la gestión del presidente K. Y no al revés. Y este es un buen indicador. Argentina ha vivido cuatro décadas políticas accidentadas, bajo el síndrome de la perversa improvisación de sus gobernantes, de la lujuriosa y maniquea administración de una emperatriz manipulada desde las sombras y de un pequeño sultán absolutamente corrupto, vergonzosamente banal, cacique de poca monta, truhán de tomo y lomo.

La historia de la Argentina moderna es la del desvalije nacional, las arcas vacías, la depredación del patrimonio histórico y del futuro de la nación.

Un fantasma, una pesadilla kafkiana encontró hace cien días el presidente K, país inmensamente rico, vasto, privilegiado en su naturaleza, recursos y belleza, devorado por las sanguijuelas criollas de mal aliento, sin duda, merece mejores tiempos.

Una nación ensangrentada como Chile, Uruguay, Bolivia, Perú, Paraguay, Brasil, Centroamérica, Colombia, como Nuestra América, requiere de nuevos rumbos, programas, acciones, justicia, equidad, instituciones democráticas, confiables y de un nuevo liderazgo. En una palabra una reconstrucción con justicia, reparaciones sobre un pasado oscuro, y la creación de un futuro con esperanza.

Sospecho hasta ahora que el presidente K se está enmarcando en estas coordenadas principales y los logros de su gestión son evidentes. Llegó al kilómetro cien intacto en sus convicciones y acciones.

El presidente K encontró un país que se empobrecía a la velocidad de la luz. Alguien ya estudiará la profundidad de este deterioro, que es récord en América latina, porque Argentina llegó a tener la cuarta economía del mundo. No hablamos de una nación del cuarto mundo, todo lo contrario, un país aventajado económica, cultural y socialmente hablando, con indicadores reconocidos internacionalmente. Argentina tenía con que ser y decir lo que decían sus gentes, para bien o para mal.

Hoy la historia es otra. La deuda externa arrastra el cuerpo de la nación y la estrangula. Y la marginalidad es real. Golpea la otrora próspera vitrina argentina. Pero el país por fin tuvo "suerte" con un gobernante. Hace cien días K llegó a la Casa Rosada. El presidente no sólo encontró un país en virtual quiebra, desmoronado, volátil, desesperanzado, pobre, arruinado, acorralado en el corralito, sino que un pantano político, con minas y fosos profundos, en fin, un planeta desconocido.

Un país además moralmente dividido por la guerra sucia, la impunidad, el salvajismo de los militares, igual que Chile, Uruguay, para no salir del sangriento Cono Sur, un hueco profundo en al conciencia del mundo.

Sobre este vertiginoso carrusel se montó el no menos audaz K, hombre de todos los sures, quien está decidido a cruzar el gran río de la nación argentina con un proyecto que consulte, tome en cuenta y esté dirigido a las gentes.
Frente al deterioro visceral de Argentina, el presidente K no tuvo más remedio que asumir con audacia su gestión gubernamental si quería que su liderazgo tuviera eficacia en medio del caos, el olvido, la inestabilidad, pérdida de confianza y el continuo ninguneo del FMI con el país.

Un cuadro poco alentador. Es en ese marco de la vorágine social, la antropofagia que devoraba a la nación en todos sus aspectos, que el presidente K, puso en marcha una política de "choque" contra ese pasado y presente ignominioso, además desestabilizado, porque asciende como un "desconocido" con una votación relativamente austera.

Los rápidos movimientos para otorgarle una nueva cara a la justicia argentina a través de la Corte Suprema, relevo de la cúpula militar, algo impensado hace unos meses, punto final a la ley de Punto Final, no son pasos de ballet dentro de su firme, electrizante gestión gubernamental. Todo esto, en medio de un hervidero político, olla de grillo de la cocina argentina, donde el presidente maniobra en medio del fervor popular para construir un futuro con la gente y el cambio.

Un presidente sin complejos, como debe ser un gobernante que tiene un proyecto, recibió una hora en su despacho a Fidel Castro, antes de cumplir dos semanas, a las Madres de Mayo, emblemáticas mujeres que ya son la historia viva, moral, de Argentina y defenestró a militares y al presidente de la Corte Suprema.

"Argentina tiene un presidente" ha dicho en otras palabras K. Su presidencia recién comienza. Los próximos meses son decisivos. La política está a tablero revuelto. El pueblo tiene la palabra. K ha dado la cara hasta ahora. Un nuevo estilo. Un verdadero ciclón para una Argentina moribunda, desahuciada, anodina, siempre con más de lo mismo en el menenismo.

El orden que intenta poner en justicia en materia de derechos humanos, es vital para una nueva moral Argentina. Un ejemplo para Chile , Uruguay y Brasil. Argentina y el Cono Sur requieren de nuevos rumbos, y de paso, rescatar a Perú, Bolivia y Paraguay, para no ir más lejos. Se requiere de una mayor integración en materia de MERCOSUR, una redefinición de la estrategia económica de cara al mundo global, a las realidades latinoamericanas, y en ese sentido el diálogo de K con el presidente Ricardo Lagos de Chile, nos parece un camino necesario y que debe profundizarse. La troika Argentina, Brasil y Chile, tienen mucho que decir y hacer El Cono Sur debe ser un bloque para actuar internacionalmente frente a Estados Unidos, Europa y Asia.

El relativo éxito solitario de una nación es un camino costoso, frágil y poco enriquecedor. Este es un buen momento para las tres naciones, en medio de un mundo caótico, una América latina literalmente postrada, en involución, sin brújula, náufraga de su propio naufragio.

Sin duda que los interés de Argentina, Chile y Brasil, en materia de mercados son tan disímiles como sus tamaños. Pero deben complementarse en materia de tecnologías, servicios, turismo, educación, comercio en todos sus aspectos e inclusive yo diría intercambios culturales más integradores y permanentes.

Los tres países deben buscar políticas duraderas para estabilizar la región, evitar los schok, una tradición latinoamericana que ha dado al traste con el desarrollo social y las esperanzas de no menos de 250 millones de habitantes, el cincuenta por ciento de la población.

Gobernantes que han creado casi por arte de magia el reino de la volatilidad, donde nada cristaliza y unos cuantos vivos se enriquecen, dejando un hoyo negro en las finanzas, un país a la deriva, los cimientos sin piso. El desempleo actual en América latina es el principal indicador de casi 200 años de frustraciones, de corrupción desenfrenada, olvido, de retórica, de falta de oportunidades, de este paraíso perdido en manos de truhanes.

Mientras Lagos continúa su proyecto, K y Lula, ambos al otro lado del océano, deben recomponer su tablero de ajedrez, y mover sus fichas para organizar el juego. K sigue en plena efervescencia política en su dominó de los primeros cien días. El futuro real está a la vuelta de la esquina y estará despejado de aquí a noviembre, cuando se bajen las toldas políticas electoreras. En medio los derechos humanos, el FMI, la realidad doméstica, un presidente en funciones y continuo movimiento.

El más patagón de los presidentes argentinos, trae prisa, en la brisa que el Sur le impulsa a toda la nación.

 

Rolando Gabrielli

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