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Juan José Alvarez

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NOTA DE ARCHIVO PARA TRATAR DE ENTENDER UNA VERGONZOSA DESIGNACIÓN
NOTA DE ARCHIVO PARA TRATAR DE ENTENDER UNA VERGONZOSA DESIGNACIÓN

Hace unos días, integrantes de organizaciones piqueteras fueron ferozmente reprimidos por efectivos de la Bonaerense en el centro de La Plata. Pero esto no se trató de una casualidad permanente, ya que significó el retorno de Juan José Alvarez. Aquel hombre fuerte del duhaldismo, verdadero impulsor de la solución de los conflictos sociales mediante la represión estatal, reemplazó esta semana a Juan Pablo Cafiero en el ministerio de Seguridad bonaerense. Este buen señor, ya ha sido convenientemente retratado por el libro Darío y Maxi: Dignidad piquetera. Por eso, conviene volver una vez más sobre sus páginas:

 

    El 10 de enero de 2002, diez días después del cambio de gobierno, en el diario Clarín podía leerse: “la Policía Federal, la Policía Bonaerense, la Gendarmería Nacional, la Prefectura Naval –es decir todas las fuerzas de seguridad que cubren las jurisdicciones de la Capital Federal y el Conurbano- empezarán a trabajar de manera conjunta para enfrentar la ola de inseguridad, según se anunció ayer. Voceros de la Secretaría de Seguridad de la Nación aseguraron que no será algo simplemente declamativo: se creará un área especial que se ocupará de la coordinación”. Los hechos posteriores, demostrarían con creces que no se quedarían en los discursos.

    Como las protestas en Plaza de Mayo y en otros rincones del país recrudecían, Duhalde aleccionó a su secretario de Seguridad Juan José Alvarez para que las fuerzas de seguridad interior pudieran coordinar acciones represivas de manera coordinada: “Bajo esta idea se crearon ámbitos como el Consejo de Seguridad Interior y se dio vida a una serie de reuniones del Presidente con miembros del gabinete nacional, los mandos de las fuerzas armadas y de seguridad, jefes de la SIDE y funcionarios de la justicia, con una frecuencia y dedicación que no tuvieron temas vinculados al trabajo, la salud o la educación. Pocas veces la convocatoria a estos encuentros se hacía en nombre de reprimir el conflicto social, pero era evidente que ése era el principal objetivo. El potencial de las protestas de amplios sectores seguía siendo impredecible y para mantenerse en el poder, ante un probable nuevo estallido social, el gobierno debía garantizar una respuesta represiva mejor que la ejecutada por De la Rúa pocos días atrás”. Ante los justos reclamos sociales, era mejor moler a palos o balear a quienes protestaban que atender las necesidades básicas de la gente.


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Las reuniones para reprimir mejor continuaron: “El 8 de abril de 2002 se realizó otro de estos encuentros. El por entonces jefe de Gabinete, Carlos Capitanich, anunció que allí se había planteado la necesidad de “fortalecer el accionar de las fuerzas de seguridad”y para ello se debía lograr un mejor equipamiento, dotando a los uniformados de una “mayor capacidad preventiva”ante el conflicto social. La preocupación por las “capacidades preventivas” tenía sus razones. El 20 de diciembre la Policía Federal había agotado el parque de gases lacrimógenos y vomitivos que disponía, usando incluso partidas vencidas hacía más de diez años. Eso no debería volver a pasar. Diez días después, a un nuevo encuentro presidido por el secretario Juan José Alvarez, se sumaron el jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires Ricardo De Gastaldi y funcionarios provinciales del área de seguridad. Esta vez se dispuso llevar adelante un plan de capacitación de los cuadros policiales de todas las provincias, que estaría a cargo de Gendarmería y se avanzó en temas estratégicos, como la protección de yacimientos y redes de distribución energética. Más allá de la real importancia de estos temas, lo que queda claro es que se inscriben en el marco de la revalorización y creciente coordinación de las fuerzas de represión interior.” El fatídico 26 de junio de 2002, Alvarez estuvo al pie del cañón. El citado libro así lo atestigua: “Durante aquellas horas, Alvarez recibió informes y dio órdenes. Las novedades que recibía por medio de los reportes policiales eran satisfactorias: en cuatro de los accesos a la Capital los bloqueos no habían podido sostenerse, intimaciones y represión mediante, pero los medios de prensa escasamente hacían referencia a ello. Esto alentaba al funcionario a sostener la firmeza con que se iba a encarar la masacre en el principal acceso de la zona sur. La represión criminal en Avellaneda debía servir, además, para ocultar la decisión del Gobierno Nacional de reprimir también las otras protestas previstas, según lo reconoció el jefe de Prefectura a cargo de las tropas apostadas en Puente Alsina, que según consta en el registro de esa fuerza aportado a la causa, era el oficial principal Darío Fridman: “Ni corte total ni parcial. Tengo órdenes de despejar la zona, en cinco minutos procedo”, dijo el prefecto y su voz quedó registrada en el grabador del periodista de la radio independiente La Tribu. No hubo intimación judicial alguna, por lo tanto las órdenes que el jefe de la represión dijo cumplir y nadie en el gobierno desmintió haber dado, sólo pudieron salir de la Secretaría de Seguridad comandada por Juan José Alvarez. De esta instancia del Poder Ejecutivo depende directamente la Prefectura. Este y otros hechos similares, en el transcurso de la jornada, quedaron ocultos por la gravedad de lo que ocurrió en el Puente Pueyrredón”
   Durante el transcurso de la tarde, cuando ya habían asesinado a Kosteki y Santillán, Alvarez continuó en el ojo del huracán: “Durante la tarde, antes de la reunión de gabinete en la Quinta de Olivos, Duhalde mantuvo un encuentro reservado con el jefe de Gabinete Atanasoff; el titular de la SIDE, Soria, y el infaltable Juan José Alvarez. Allí Alvarez presentó los informes de los mandos de las distintas fuerzas actuantes. El comisario Fanchiotti se convirtió en el principal vocero de la operación y sus palabras eran fundamentales para sustentar la teoría del complot.”  Luego de la reunión, sus amigos resolvieron que Alvarez ponga la cara en la conferencia de prensa pautada para las 21:30: “Juan José Alvarez, en nombre del gobierno, asumió públicamente la justificación de los crímenes. El Gobierno repitió off the record los mismos argumentos falsos durante toda la tarde, pero empezó a mentir en forma pública a las 21:30 horas, en la conferencia de prensa que organizó Juan José Alvarez en la Quinta de Olivos: “Los que manifestaron son otros (respecto con los cortes anteriores). Esta vez lo han hecho en forma absolutamente violenta e irracional. Hubo personas dentro de la manifestación que pedían el auxilio de las fuerzas policiales, porque veían correr peligro su propia integridad”, sostuvo ante micrófonos, grabadores y cámaras de televisión. “Hubo una clara intención de confrontar. No había con quien dialogar”, insistió con la mentira. Durante esa conferencia y los días siguientes, Alvarez insistió en mencionar –cada vez que pudo- la existencia de armas de fuego entre los manifestantes. No le importó que la policía no hubiera secuestrado ni una sola arma, a pesar de las 160 detenciones y ningún efectivo fuera herido por los disparos. “Se han visto agresiones con una honda, con escopetas, armas y bombas molotov.”, dijo. ¿Sabía el secretario de Seguridad que estaba mintiendo o en su buena fe reprodujo información falsa?. Era conciente de que estaba mintiendo para justificar los crímenes. Tan bien conocía lo que había pasado aquel día en Avellaneda que, antes de terminar la conferencia, cometió el fallido que lo delató. Refiriéndose a la denuncia del chofer al que le incendiaron el colectivo en la avenida Mitre al 1300, a trece cuadras del Puente Pueyrredón, lo hizo en estos términos: “Como ha denunciado un chofer de colectivos, lo ha bajado del mismo personal que estaba con escopetas.”Con su acto fallido, Alvarez no hizo más que confirmar lo que cualquiera que estuvo en Avellaneda aquella tarde sabía: que portando escopetas, armas de fuego, Itaka, el 26 de junio solo hubo personal policial.”
   
Este es el hombre al que el gobernador Felipe Solá le confió la seguridad de los bonaerenses, un mentiroso que no vaciló en justificar el alevoso crimen de dos jóvenes desocupados. Como si para cuidar un gallinero, se recurriera a los buenos oficios de un hambriento zorro.

 

Fernando Paolella

 

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