14 / 06 / 2007
Pseudociencias

ASTROLOGÍA, ADIVINACIONES, ORÁCULOS Y PROFECÍAS

TERCERA PARTE

ASTROLOGÍA, ADIVINACIONES, ORÁCULOS Y PROFECÍAS

     Una de las pseudociencias más populares, creída por muchos como una auténtica sabiduría milenaria, es la astrología que significa ciencia de los astros, que en otros tiempos se creyó que servía para pronosticar los sucesos y el porvenir de las personas, por la situación y aspecto de los planetas, cuando nacían; hoy descalificada por la astronomía, auténtica ciencia sin dejos de superstición alguna. No obstante, entre la población nesciente, aún flota en su ambiente la creencia en la influencia de los astros en el destino humano.
     Con la sana intención de aclarar este error, va el siguiente comentario:
     Es de notar que, entre superstición y religión hay un solo paso, y en ciertos aspectos ambas cosas se identifican, aunque muchos no lo reconozcan así, y aunque algunos se ofendan por hallarse convencidos de que la religión pertenece a lo sagrado.
     Sin embargo, veamos las cosas de un modo objetivo, imparcial. ¿Qué es lo sagrado? Es aquello, se dice, que por alguna relación con lo divino es venerable. Y también: que por su destino o uso es digno de veneración y respeto.
     Aquí, en la primera definición, resalta claramente una presuposición. Se presupone la existencia de lo divino sin intención de demostrarlo primero, luego se lo venera como algo real. La segunda definición, si la desviamos de lo divino tomada a priori, es aceptable de buenas a primeras.
     Veamos ahora la definición de superstición dada por el filósofo inglés Tomás Hobbes, la más exacta entre otras: "El temor al poder invisible, imaginado por a mente o basado en relatos públicamente permitidos, es religión, no permitidos, es superstición" (Leviathan, Fondo de Cultura Económica, México, 1940, 1,6).
     Por su parte, el teólogo medieval Tomás de Aquino, desde su óptica de creyente, definió el término así: "La superstición es el vicio opuesto por exceso a la religión y por la cual se presta un culto divino a quien no se debiera o de modo indebido" ( Suma teológica, II,2 q. 93,, a. 1).
     Notoriamente, la noción de superstición resulta algo discutible. Sin embargo, si nos abocamos al estudio de las creencias de modo objetivo, desde el punto de vista antropológico o sociológico, por ejemplo, notamos la ausencia de la superstición. No tomamos la creencias como supersticiones. Sin embargo cuando se habla de supersticiones se lo hace desde una base, desde un sistema de creencias religiosas que es aceptado como única verdad.
     De modo que la definición del pensador Hobbes nos queda como la más acertada que en esencia equivale a decir: toda religión es superstición a los ojos de otra religión. En consecuencia, generalizando, toda religión es superstición y yo añado también que es sinónimo de mito, porque el concepto de mito se puede aplicar de igual modo que el término superstición con respecto a la religión.
     Tomás de Aquino confirma esto con su definición. ¿Cuál puede ser entonces el patrón de medida para considerar superstición el "prestar un culto divino a quien no se debiera"?
     Para el santo, la guía es por supuesto su religión, la que le inculcaron de acuerdo al lugar de su nacimiento, la de Cristo que él profesa; para el budista será la suya propia y el cristianismo una superstición; lo mismo para el taoísta chino que solo acepta el Tao como lo absoluto, la fuerza primordial de la existencia del universo, o el brahmán, sacerdote que cree haber salido de la boca del dios Brahma, destinado al estudio y la meditación de los libros sagrados de su religión.
     Si echamos un vistazo a un diccionario confeccionado por católicos, hallaremos allí e término superstición acompañando la definición de múltiples religiones que para los creyentes respectivos eran y son verdades "venerables y dignas de respeto" y no supersticiones.
     En resumen, podemos decir que la superstición es la forma de religión que no compartimos y viceversa: la religión es la creencia supersticiosa que aceptamos como verdadera entre otras supersticiones rechazadas. Esto dicho objetivamente, por supuesto, ya que para el creyente es inadmisible que su amada religión sea tratada como una "mera" superstición mas entre otras.
     Veamos la superstición religiosa más de cerca para comprender que se trata precisamente de eso y no de otra cosa.
     Vayamos a las profecías. Si leemos la obra de Nostradamus podremos extraer de allí ciertas "profecías" que se ajustan a diversos hechos, válidas para distintas fechas, décadas o siglos a partir de la publicación de su famoso Almanaque compuesto por las Centurias publicadas en número de 7 en 1555, más fragmentos añadidos posteriormente. Allí podemos "ver" retratadas muchas cosas como guerras, muertes de personajes políticos, vicisitudes de la vida de la Iglesia y sucesiones de los papas, renuncias de funcionarios, masacres, epidemias, catástrofes y todo lo que la fantasía quiera. El lenguaje sibilino da para todo.
     Mas si analizamos precisamente la construcción de las frases incoherentes de estas profecías, caemos en la cuenta de que, o todo fue profetizado o nada fue predicho, ya que cada pasaje se ajusta a múltiples hechos. Con la misma frase se puede anticipar tanto una guerra como una epidemia o una inundación. Tres hechos diferentes ocurridos en distintos lugares del mundo pueden hallar su correlato en la obra de Nostradamus y no sólo eso, también acontecimientos acaecidos en distintas épocas. El intérprete puede elegir y quedarse con lo que más le guste para afirmar que la terrible sequía en Europa (o en la China) ocurrida en tal mes y año del siglo XVII, o del XVIII o del XIX o del XX, fue predicha por Nostradamus en el siglo XVI.
     Este ejemplo de la obra "nostradamiana", nos ilustra bastante acerca de la actitud supersticiosa del lector frente a cierto texto, pues exactamente lo mismo ocurre con el texto hebraico y sus añadidos efectuados por los miembros de la secta de los nazarenos, hoy evangelistas redactores de la "buena nueva" en número de decenas de escritos (véase Evangelios apócrifos y los cuatro aceptados por la curia).
     En el texto bíblico hebraico el exégeta cree hallar lo que se ha dado en llamar revelación, es decir, la manifestación de la divinidad.
     Allí cree conocer precientíficamente la creación del universo, del Sol, la Luna y la Tierra, de la luz, de los animales y plantas y del hombre. Cree hallar explicada la razón de la presencia del hombre sobre el planeta y cierta historia de desobediencia y promesa de redención del género humano mediante el sacrificio de un hombre-dios, haciendo caso omiso de toda ciencia natural que hoy nos habla de cosas a años luz de distancia del mito.
     Todo eso es inhallable en la Biblia que los cristianos denominan Antiguo Testamento. No encontramos nada de eso si leemos el texto con imparcialidad, o si fuéramos hindúes, budistas o shintoístas. Tampoco hallamos nada de eso si lo leemos con ojos de ateo o escéptico en materia de religión.
     El Génesis donde se pretende ofrecer una lección de la formación de los mundos y el nacimiento de la vida y la conciencia, de lo cual se hizo eco la ciencia de antaño, no se sostiene ni lo más mínimo frente a las revelaciones auténticas realizadas por la Ciencia Experimental, por lo tanto podemos tildar sin ambages al Génesis como una pseudociencia que otrora ha sido base del conocimiento científico de Occidente.
     En el tren de hallar lo que no está, apelando al arte de la imaginación que rellena los espacios vacíos de conocimiento tal como lo hace el que "ve" la figura del cangrejo en el cielo estrellado en la constelación del mismo nombre, o la del cazador Orión en otro grupo estelar, de la misma manera es menester forzar nuestra imaginación para encontrar las profecías sobre la vida, pasión y muerte de Cristo en el Antiguo Testamento. Este esfuerzo lo podemos realizar y lo lograremos si nos proponemos hallar alguna similitud con el Cristo en la historia del Buda, en la de Krisna o en la de Mitra. También podemos extractar algo de los libros sagrados de los indios como el Rigveda, Samaveda, el Yajurveda y el Atharvaveda. O tal vez en el Bhagavad Gita del Mahabharata, como escribe el Mahatma Gandhi en su libro titulado Jesús y el cristianismo (Ed. Cristal, Buenos Aires, 1992, pags. 14 y 15. Recopilación e introducción por Walter Gardini), obra sorprendente partiendo de un indio de religión extraña al cristianismo.
     Allí dice Ghandi: "Hubo otro motivo que facilitó el encuentro con Cristo. El texto base del neohinduísmo fue el Bhagavad-Gita (La canción del Señor), un breve poema místico-filosófico, parte de la gran epopeya del Mahabharata, que hacía hincapié sobre la necesidad de la acción, la igualdad de todos, el cumplimiento del deber y la disciplina. El protagonista del Gita era Krisna la reencarnación del dios Visnú.
     "... Es fácil advertir en Krisna muchos rasgos comunes con la encarnación de Cristo, y más todavía si se compara la enseñanza que Krisna imparte a su discípulo Arjuna con la doctrina del fundador del cristianismo".
     Más adelante dice Gandhi cuando acertó a leer la Biblia: "Leí el libro del Génesis, pero los otros libros me adormecían invariablemente. Al menos para poder decir que lo había leído, avancé valerosamente con gran dificultad, sin el menor interés y sin entender. El libro de los Números me pareció decididamente insoportable. Pero el Nuevo Testamento me causó otra impresión, en particular El sermón de la montaña, que tocó directamente mi corazón. Lo comparé con el Gita. Los versículos que dicen: Mas yo os digo, no resistais al malvado, sino que a quien te de una bofetada en la mejilla derecha ponle también la otra, y a quien quiere hacerte causa y tomarte la túnica, déjale también la capa, me gustaron inmensamente.
     "Mi joven mente trató de unificar las enseñanzas del Gita, de La luz del Asia y del Sermón de la montaña". (Obra citada, pág. 29).
     Era natural que el Nuevo Testamento hiciera impacto en el joven Gandhi, futuro abanderado de la no violencia, pero aquí sólo es menester recalcar las similitudes y mi idea apunta hacia el hecho de que podemos utilizar cualquier texto de "muchas palabras" para extraer de allí lo que nos interesa para sostenerlo como profecía o revelación, incluso podemos recurrir a la colección de cuentos de autor o autores anónimos Las mil y una noches.
    
Esto es válido para la religión cristiana que nos rodea y que pretende respaldarse en el Antiguo Testamento hebraico, cuando en realidad no existe allí señal alguna de la doctrina de Pablo de Tarso que nos habla de los dos Adanes: El Adán del Edén en quien cayó la humanidad y el nuevo Adán: Cristo quien rescató a la humanidad del pecado.
    
Tampoco podemos hallar en las Antiguas Escrituras hebraicas una clara descripción del Cristo y sus andanzas como hijo de un carpintero, que iba a proclamarse hijo de Dios, curar enfermos, resucitar muertos, caminar sobre la aguas, calmar tempestades, multiplicar panes y peces, ser coronado de espinas, condenado al suplicio de la cruz, muerto y sepultado para resucitar al tercer día, y presentarse ante sus discípulos antes de ascender a los cielos, previa promesa de un pronto regreso a la tierra sobre las nubes del cielo con el fin de juzgar a los hombres. Cosa esta última que hasta el día de hoy no ha ocurrido.
     Luego la "revelación" judeocristiana es un mito más entre tantos y a la postre una postura supersticiosa frente a las Escrituras tomadas como sagradas, inspiradoras de muchos científicos del pasado.
     En cuanto a las otras religiones, todas ellas cumplen un papel precientífico de supervivencia en el contexto de la humanidad. Ubicados en este Valle de lágrimas cual parias del anticosmos (antiorden) donde nacemos sin pedírselo a nadie y donde dudamos, nos llenamos de interrogantes, no entendemos la realidad que a veces se nos revela traicionera, donde buscamos una verdad que se nos escabulle, donde entre risas y llantos también padecemos a veces horrorosamente, echamos mano de creencias salvadoras que nos liberen de la zozobra. Recurrimos al mundo de ficción para huir de la siniestra realidad y para ello nos creamos dioses, que no son otra cosa que nuestras propias proyecciones mentales en un alter ego que nos ofrezca seguridad, un ente imaginario que ubicamos en cualquier parte y... ¡en ninguna parte!, con cualidades espirituales, es decir imponderables, no ubicuas, que no ocupa lugar pero que está en todos los lugares o que nos acompaña a todas partes lo cual es cierto. ¡Nos trasladamos a todos los sitios con él!, pues llevamos a cuesta nuestro cerebro que es donde se forma el dios o los dioses que existen solo mientras son pensados, en nuestra imaginación. Se esfuman una vez que dejamos de pensar en ellos y durante el sueño a veces. Mas retornan no bien nuestro estado consciente da con ellos. Es decir cuando son tocados los resortes cerebrales donde están grabadas las ideas que se nos forman como ficciones, cual novelas. Yo puedo inventar una tortuga con cuello emplumado y cabeza de gallo. Luego puedo representar esta quimera cuando me plazca, durante toda mi vida si me lo propongo. Lo mismo sucede con los dioses, ángeles y miles de espíritus creados por la mente. El chino que nace en el seno de la religión budista, una vez en uso de razón recogerá esa religión y tendrá a su Buda el resto de sus días en la cabeza. Lo mismo el niño árabe que se entera de la existencia de Mahoma profeta y del dios Alá. Igualmente el futuro brahmán que "sabe" que hay tres dioses: Brahma, Visnú y Siva, los "revivirá" cada vez que piense en ellos como aquel que después de haber leído a Goethe ha grabado al personaje Fausto en su cerebro, que quizá nombrará en sus escritos si es literato.
     Fausto y miles de personajes literarios jamás existieron en el mundo real pero se actualizan cuando se lee o se piensa en ellos. Los dioses no son diferentes y todos, sin excepción, pertenecen al mundo de la fantasía.
     La religión es entonces un consuelo para el paria de este mundo: el hombre. Los dioses un apoyo. Con ellos se siente más seguro frente a lo siniestro. Pero es de notar que los dioses tienen también su faz cruel. Necesitan que sus creyentes hagan sacrificios, no importa cuales, basta que sean en holocausto a ellos, tanto carne animal como carne humana. Puesto que la carne de los niños es más tierna, era preferida de los dioses de ahí el sacrificio de los niños. También la cantidad de las ofrendas era importante, de ahí la necesidad de sacrificar el mayor número de víctimas para agradar a las divinidades. Las hecatombes son un ejemplo. Todos podemos conocer lo que ocurría en México en los tiempos precolombinos: había que extraer el mayor número posible de corazones palpitantes de los cuerpos vivos, abiertos sus pechos, para ofrecerlos solemnemente a los dioses (es decir: ¡a la nada!). En estos y otros casos no se consultaba a la víctima, se le abría el pecho sin su permiso o se la degollaba contra su voluntad, pues lo que así se ofrece al dios no es la muerte, no son los sufrimientos, sino la víctima como una propiedad sea un hombre o un buey. Además, los dioses no son crueles por esto, incluso cuando se les ofrecen víctimas asadas, no tienen un placer demoníaco en ver quemar a sus víctimas. Comen con placer las carnes que se les ofrecen, sobre todo carne humana que prefieren. Así piensan los sacerdotes y su pueblo, porque no viven en la realidad sino en un mundo de ficción alejado años luz de la Ciencia Experimental.
     Pero según "se halla programado" el Homo sapiens en su faz mística, no basta con el sacrificio, es necesario también cumplir con la pena, y esto personalmente, no autoinmolándose sino padeciendo sufrimientos voluntarios. Así el hombre adquirió costumbres de mutilarse, macerarse, ayunar, aguantar el frío, guardar la castidad para elevarse así a la divinidad y procurarse el éxtasis.
     La idea de sacrificio con el fin de reconocer la divinidad y para reparar la ofensa a la misma, domina en todas las religiones. Las mismas religiones monoteístas lo practicaron en su origen, por ejemplo la religión judía, y en el cristianismo aunque abolido, se renueva místicamente en cada celebración de la misa privándole de su materialidad sangrienta.
     Las persecuciones a los infieles, las guerras religiosas, son otras lacras, porque los hombres no se ponen de acuerdo acerca de los detalles dogmáticos de su religión ni sobre la naturaleza de sus dioses.
     Hoy las religiones han dejado de ser tan crueles como en el pasado, salvo casos de masacres colectivas que se dan de vez en cuando en algunas sectas, pero las luchas continúan y el fanatismo fundamentalista representa un peligro y es un problema de la actualidad.
     Hace un tiempo atrás, en Japón se produjo un luctuoso episodio de todos conocido cuando una secta apocalíptica fanática denominada Verdad Suprema de Aum, ubicada en la ladera del Monte Fují, cometió un atentado con gas neurotóxico sarín en Tokio que mató a varias personas y afectó a cerca de cinco mil.
     Según un informe del diario La Nación, de Buenos Aires, del l6-10-94, en los últimos 17 años se inmolaron 1207 personas de diversas sectas
     El 19 de noviembre de 1978 en Jonestown (Guyana) hubo 912 muertos con veneno, de la secta Templo del Pueblo. En Mindanao (Filipinas) el 19 de setiembre de 1985 hubo 60 muertos por envenenamiento de la secta del gran sacerdote Datu Mangayanon. En Wakayama (Japón), el primero de noviembre de 1986 murieron con fuego 7 personas de la Iglesia de los Amigos de la Verdad. En Seúl (Corea del Sur) el 29 de Agosto de 1987, murieron 32 personas envenenadas de la secta diosa Park Soon-Ja. En Tijuana (México) el 14 de Diciembre de 1990 se envenenaron 12 personas del Templo del Mediodía. En Waco (Texas) el 19 de Abril de 1993, 81 personas pertenecientes a la secta de los davidianos, se quemaron. En Ta He (Vietnam) el 11 de Octubre de 1993 murieron por disparos de arma de fuego, 53 "Seguidores de Ca Van Liem". En Morin Heights (Canadá) dos personas pertenecientes a la secta Orden del Templo Solar, se inmolaron con fuego el 4 de Octubre de 1994 y en Cheiry y Granges (Suiza) el 5 de Octubre del mismo año hubo por lo menos 38 muertos con fuego y de bala de la misma secta anterior.
     Estas son las facetas negativas de las religiones.
     Sin pretender ser profeta, porque no creo en la precognición, puedo anticipar basado en la historia y la ciencia, que las religiones dejarán de existir en el futuro cuando el conocimiento científico clarifique aún más el mundo y ofrezca mayores seguridades al habitante de este "Valle de Lágrimas" bautizado planeta Tierra, que también podría haber sido denominado planeta Agua por su particular humedad, y que en el futuro podrá ser rebautizado como Paraíso Terrenal, tornándose real aquel soñado Edén de los místicos. Esto si prima la cordura y avanza la ciencia experimental de la mano de la ética para transformar genéticamente al hombre en un ser angelical, proyecto ambicioso pero realizable*.

Ladislao Vadas

* Véase del autor de esta nota: El superhombre genético, Ed. Reflexión, Buenos Aires, 1993

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