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Ramón Valdez Cora, el sicario y ex policía que tiñó de sangre el Congreso de la Nación

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El 23 de julio de 1935, la política argentina vivió una de sus páginas más trágicas: el legislador electo por Santa Fe Enzo Bordabehere recibió tres balas mortales en su intento de proteger a su colega, Lisandro de la Torre. El autor de los disparos nunca confesó quién lo había contratado aunque las miradas se posaron sobre los sospechosos intereses de siempre.
El 23 de julio de 1935, la política argentina vivió una de sus páginas más trágicas: el legislador electo por Santa Fe Enzo Bordabehere recibió tres balas mortales en su intento de proteger a su colega, Lisandro de la Torre. El autor de los disparos nunca confesó quién lo había contratado aunque las miradas se posaron sobre los sospechosos intereses de siempre.

Aquella vez el “chumbo” no falló. Pero el sicario se equivocó de blanco: en vez de matar al senador Lisandro de la Torre, envió al Más Allá a su discípulo, el senador electo Enzo Bordabehere. Una confusión del momento. Tal error no impidió que Ramón Valdez Cora se convirtiera en un símbolo de la violencia política durante la Década Infame.

Tal vez su biografía hubiese sido otra de no rubricarse, el 1º de mayo de 1933, el tratado Roca-Runciman, por el cual Gran Bretaña se comprometía a mantener el volumen de las importaciones de carnes argentinas en condiciones similares a las que gozaba Canadá, Australia y Nueva Zelanda. A cambio de ello, la “dictadura constitucional” del general Agustín Pedro Justo otorgaba a los frigoríficos ingleses y norteamericanos el monopolio de las exportaciones en el rubro, además de ventajas comerciales, aduaneras y tarifarias.

Un año y medio después, a instancias del demócrata-progresista De la Torre, el Senado creó una Comisión Investigadora del comercio de las carnes. Y el 23 de julio de 1935 –después de un alegato que le insumió cinco sesiones previas–, éste comenzó a exponer su conclusión.

Es en ese preciso momento cuando Valdez Cora entró a la Historia por la puerta de servicio.


 

Retrato de un asesino

A partir del golpe de Estado de 1930, aquel sujeto sintió que la vida le sonreía. En mérito a su modesto aporte al asunto –haber integrado un grupo de choque del Partido Conservador que apoyó el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen– lo premiaron con un cargo: comisario de la Policía de Buenos Aires.

Poco después fue expulsado de la fuerza. Un contratiempo que él trató de revertir apelando a sus padrinos políticos. Pero, invariablemente, la respuesta fue:

– ¡Imposible, Ramón! No dejaste cagada por hacer.

Los punteros del comité provincial del partido no exageraban, ya que la carrera policíaca del tipo estuvo signada por el ejercicio constante de apremios ilegales, del abuso de poder y del cobro de coimas, entre otras inconductas.

De manera que fue en busca de mejores horizontes a la Capital, aunque sin desvincularse del Partido, cuyos dirigentes porteños lo confinaron a tareas menores y mal pagas: mandadero, guardaespaldas y matón ocasional.

A los 42 años, casado con una mujer sumisa y padre de una adolescente a las que molía a golpes, Ramón fijo con ellas domicilio en un “llotivenco” del barrio de Boedo cuyos alquileres impagos se acumulaban. Mientras tanto, su alcoholismo se acrecentaba a la par de los problemas económicos. Un estrés que solía mitigar con visitas frecuentes a un burdel de la calle Junín.

Dicho sea de paso, allí abonaba sus consumos con la falsa promesa de interceder ante el Gobierno –presionado por la Iglesia para proscribir tanto la trata de “blancas” como el ejercicio mismo de la prostitución–, y así evitar su clausura, en base a los “contactos” oficiales que presumía tener. También le arrancaba algunos billetes a la “madama” del lugar con el propósito –decía– de “acomodar” al funcionario de turno.

Sin embargo, ese tráfico imaginario de influencias no solo se limitaba al mencionado templo del placer sino que además lo esgrimía, por caso, ente el encargado del “llotivenco”, aplazando así su deuda con la ilusoria promesa de conseguirle empleo al hijo. Por temporadas, tales triquiñuelas constituían su único medio de vida.

En medio de aquellos avatares, Valdez Cora siempre calzaba una pistola Webley calibre 32. Era la prolongación de su ser. Y ante toda desavenencia con el prójimo, no dudaba en desenfundarla.

Ese hombre era un polvorín a punto de estallar. De hecho, los jerarcas del Partido lo evitaban, salvo cuando su ominosa intervención en algún temita era estrictamente necesaria. Y ello, de tanto en tanto, solía ocurrir.

 

De carne somos

A partir de 1934, la Comisión Investigadora encabezada por De la Torre –para establecer cuál era la situación real del comercio de exportación de carnes argentinas y verificar si los precios que pagaban los frigoríficos en el país seguían una relación con lo que obtenían de sus ventas al exterior– pasó a ser un punto central de la política argentina. Y lo cierto es que la cuestión incluía episodios dignos de un thriller.

Tal fue el caso de sus asientos contables, cuyo paradero era un secreto que ocultaban los frigoríficos bajo siete llaves.

– ¿Usted cree posible que hayan quemado esos documentos? –preguntó un perito contador de la Comisión a otro, al abandonar con las manos vacías el frigorífico Anglo, en Avellaneda.

–Vaya uno a saber… Estos gringos son tan raros.

– ¡Por favor! ¿Usted no oyó hablar de la meticulosidad? Bueno aquello es un invento británico –fue la réplica, mientras subían a un Ford T.

El vehículo estaba por arrancar, cuando de pronto, una sombra emergió tras la ventanilla del conductor. Era un obrero del lugar.

–¿Ustedes son gente de don Lisandro? –quiso saber.

Tras escuchar la respuesta, extendió hacia el conductor un papelito. Y se hizo humo. Ahí simplemente decía: “Norman Star”.

–¿Qué significará? –dijo uno de los peritos.

– No sé. Parece el nombre de un barco.

En efecto, era un vapor británico a punto de zarpar rumbo al puerto de Londres. Allí, en un operativo que nadie esperaba, fueron secuestrados esos libros contables con valiosísima información. Estaban ocultos en grandes cajas de “corned beef” en la bodega del Norman Star.

Unos días después, la Anglo envió al Uruguay seis cajones con papeles secretos para evadir el control de la comisión investigadora.

Ya corría el invierno de 1935.

En los primeros días de julio, De la Torre comenzó a exponer en el recinto del Senado los resultados de la Comisión Investigadora. Desde un rincón, Bordabehere no se perdía palabra alguna de su mentor. Lo cierto que ese hombre, mientras aguardaba el pliego para ocupar su banca, había colaborado con De la Torre en la pesquisa en cuestión.

Denuncio el robo organizado y la acción extorsiva de un monopolio extranjero con la complicidad de un gobierno que unas veces lo deja hacer y otras lo protege directamente”, fue el arranque del senador.

Aquella hipótesis la fue probando de un modo lapidario en el transcurso de cinco maratónicas sesiones.

Durante 13 días, el ministro de Agricultura y Ganadería, Luis Duhau, y el de Hacienda, Federico Pinedo, asistieron a las sesiones a fin de retrucar las acusaciones del denunciante. Los alentaba desde la barra un público integrado por empleados ministeriales y gente arreada allí por el comité conservador.

Duhau era un estanciero bonaerense, vinculado a la Sociedad Rural y que durante el gobierno de Alvear había integrado el directorio del Banco de la Nación Argentina. Por su parte, Pinedo había sido diputado por el Partido Socialista Independiente (que se llamaba así por puro capricho).

De la Torre reveló que Duhau se beneficiaba vendiendo ganado de su propiedad a los frigoríficos investigados. A Pinedo le achacaba su papel como responsable técnico del tratado Roca-Runciman.

Ya anochecía al concluir la anteúltima jornada del alegato. Fue cuando, en el “llotivenco”, Valdez Cora atendió una llamada telefónica. Entonces oyó que una voz le decía desde el otro lado de la línea:

–Estate acá mañana. Y no nos vayas a fallar.


San la Muerte

A nadie le llamó la atención que, el 23 de julio, Valdez Cora se encontrara en el Senado. Ni que sus pupilas, con un extraño brillo, estuvieran clavadas sobre De la Torre. Y menos aún, que escondiera su mano derecha tras el faldón del saco, a la altura de la cintura.

El senador continuaba con su alegato, cuando de pronto fue insultado por Pinedo. De la Torre hizo un profundo silencio, fulminando al ministro con la mirada, antes de pararse para caminar resueltamente hacia él.

Al llegar, Duhau se le interpuso para darle un empujón. Entonces, De la Torre perdió el equilibrio al retroceder con un paso en falso, cayéndose así al piso. Un súbito silencio envolvió al recinto. Todos los legisladores ya estaban de pie, mientras Bordabehere corría en su auxilio.

En ese instante resonaron tres estampidos y, luego, otro:

Pocos se dieron cuenta de que era Valdez Cora quien disparaba. Y que Bordabehere, al cubrir a De la Torre, se desplomaba en medio de un estallido de sangre. Tenía dos tiros en la espalda y, al girar el cuerpo hacia el hombre que gatillaba, recibió otro en el tórax. El cuarto disparo lo hirió a Duhau en la mano izquierda.

La escena quedó inmóvil, como congelada, menos el humo que salía del caño del revólver.

Abrazado por De la Torre, Bordabehere alcanzo decir “Tengo frío”, Y exhaló su último suspiro.

Ramón Valdez Cora fue detenido cuando intentaba escapar.

Su condena fue de 20 años de prisión, y recuperó la libertad en 1953. Su muerte se produjo al año y medio, sin que nunca fueran identificados sus cómplices e instigadores.

Lisandro De la Torre dijo al respecto: “Tenemos al matador. Pero no a los asesinos”. ¿Les suena este concepto en algún otro crimen de la historia argentina?

Su autor, sintiéndose cansado y vencido, se suicidó en 1939. 

 

2 comentarios Dejá tu comentario

  1. Y Ragendorfer no hace otra cosa que contarnos escenas de la película Asesinato en el Senado de la Nacion. Nos cuenta un guión dramático que otro elaboró en lugar de lo que fue realmente. En fin...

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