Hay varios costados por los que se puede analizar la pobreza. Los números, por su puesto, es uno de ellos: medir la cantidad de pobres (algo que para el entonces inservible Kicillof era “estigmatizante”) te ayuda a saber dónde estas parado, cuál es tu mapa de la escasez.
Ayer se conoció ese número. La pobreza en el país alcanza al 38% de su población: un desastre, una calamidad. Casi cuatro de cada 10 argentinos son pobres.
Pero una característica de los números es su relatividad, es decir su capacidad para poder ser comprados contra otros números y entonces establecer una tendencia, saber cuál es la dirección de un camino.
En este último sentido, la noticia conocida ayer fue alentadora: la pobreza cuando el kirchnerismo dejó el poder era del 53% de la población: más de la mitad del país sumergido en esa condición.
Es obvio que frente a una cuestión numérica entra a jugar un papel decisivo la credibilidad del ente que procesa y difunde los números.
Como ya todo el universo sabe (y digo “universo” en sentido literal porque las fechorías de Kirchner y Moreno con el INDEC le costaron a los argentinos millones de dólares en concepto de multas por juicios perdidos ante acreedores que denunciaron la estafa) el instituto que hoy preside Marco Lavagna fue denigrado hasta el punto de hacerle perder todo el buen concepto que a nivel mundial se había justamente ganado a fuerza de décadas de revelar verdades amargas.
Los Kirchner, que llevan el gen de la mentira y del engaño en la sangre, destruyeron toda esa reputación entregando estadísticas públicas completamente falseadas para hacerlas consistentes con su relato de cuento de hadas.
Quizás en el único punto en que el gobierno del impresentable Alberto Fernandez pueda marcar una excepción a su truculento paso por el poder, sea, precisamente, el haber puesto al frente del INDEC a una persona respetada en la profesión que -digámoslo- luchando contra presiones tremendas que los empujaban a volver a la mentira, recuperó la credibilidad del Instituto en base a decir la verdad. Cuando Javier Milei llegó al gobierno decidió mantener a Lavagna en su lugar.
Ese es el argumento de mayor peso para llevarnos a creer, en principio, en que los números revelados son ciertos y que, como creímos la humillante revelación de que el 53% de los argentinos eran pobres en diciembre de 2023, ahora debemos creer que esa cifra se redujo 15 puntos porcentuales.
Pero todos sabemos que reducir la interpretación de la pobreza a un par de números nos conduce a un engaño. Y engaños ya tuvimos muchos.
La pobreza, en realidad, es una visión, o, mejor dicho, una imagen visual que flota en los pliegues traseros de nuestro cerebro, que sabemos que está aunque nuestro metro cuadrado nos haga interactuar cotidianamente en un ambiente donde esas penurias no se ven.
La pobreza de verdad no mejoró 15 puntos porcentuales. Porque los mismos millones que en diciembre de 2023 vivían en el barro carentes de todo hoy siguen viviendo en el barro carentes de todo.
Esa es la verdadera dimension del daño kirchnerista: la profundidad del deterioro ha tocado fibras tan estructurales que aunque desde el punto de vista aritmético la pobreza “baje” porque la incidencia de la inflación dejó de arrojar debajo de esa línea de depresión a millones, la “visualidad” de la pobreza sigue casi igual que antes.
Allí es donde aparece la conexión entre los miles de millones de dólares robados al pueblo argentino (y que fueron a los bolsillos particulares un una elite corrupta) y la realidad de la vida del conjunto de personas que aquel mismo cúmulo de hijos de puta decía defender y a los que usó para hacer demagogia nacionalista barata durante 25 años.
Ese dinero es el que faltó (y falta) para hacer rutas, vías férreas, puertos, autopistas, hospitales, obras hidráulicas, asfalto, cloacas, viviendas… El robo de ese dinero y la estrafalaria estructura de corrupción armada para robarlo fue lo que ahuyentó la inversión, expulsó fabricas, incentivó la llegada de tránsfugas y de delincuentes de toda calaña que vinieron a la Argentina advertidos de que este era el reino de la ilegalidad.
El kirchnerismo multiplicó por 300 la cantidad de villas miseria que había antes de que llegaran ellos.
Si uno tomaba el Camino del Buen Ayre, en su nacimiento en la Ruta Panamericana, en enero de 2002 y se dirigía al oeste hacia el Acceso a Luján iba a encontrar, naturalmente, un panorama desolador viendo las condiciones de vida de miles de argentinos que convivían con la miseria. Hoy ese trayecto -para el que se anime a hacerlo- es directamente una travesía por un inmenso basural decorado con la presencia humana. Es imposible medir el nivel de daño que el kirchnerismo le ha hecho a la gente que ha terminado “viviendo” allí. O sea: no sacó a nadie de aquella indigencia y, al contrario, la superpobló con millones de nuevas víctimas.
Si uno miraba la “Villa 31” en enero de 2002 desde la terraza del Hotel Emperador, por ejemplo, o desde el Atalaya del Hotel Sheraton veía unas cuantas construcciones precarias a los lados de la Autopista Illia. Hoy ya hay edificios de hasta tres pisos, construidos sin seguir ninguna de las más mínimas medidas de seguridad, sin revocar y terminados con las chapas de las cuales alguna vez se enorgulleció Cristina Kirchner, casi como avalando la materialización concreta del modelo social que perseguía.
Esas imágenes no aparecen en el numérico 38% conocido ayer. No aparecen pero están. Como infinitos flashbacks se disparan en nuestro cerebro cuando su parte racional se quiere regodear con la baja de un número. En esos flashbacks está la verdadera identidad del kirchnerismo. En esas personas que revuelven la basura para encontrar algo para comer (que la revolvían ayer con el 53% de pobres y la revuelven hoy con el 38) está la perennidad del mal.
A ese mal se le dio tiempo. Se fue paciente con él. Se lo dejó avanzar porque convencían tanto sus mensajes simpáticos como sus vómitos de resentimiento. Parecía como que el ver caer a otros argentinos en las mismas condiciones de escasez que algunos habían sufrido antes era más bien un acto de justicia antes que un drama. El discurso envidioso se encargó de perfeccionar ese milagro al revés.
¿Contarán los que aparentemente quieren revertir esta indignidad y devolverte a las manos de cada argentino la posibilidad de salir de la mierda en base a su propio esfuerzo, con el mismo tiempo? ¿Quienes con su voto mantuvieron durante 20 años en el poder a quienes los convirtieron en esta penuria que son hoy, le darán un tiempo de confianza a otra concepción que, por más que la odien, puede ser la que los salve? Nadie lo sabe.
Pero más allá de los números conocidos ayer, hoy no es un día mejor que los de la semana pasada en la Argentina: es otro día en donde las dudas que plantean esos interrogantes del párrafo anterior siguen vivas.
Las fuerzas del mal, inmunes a todo reproche moral, siguen, al contrario, embistiendo contra todo intento de modificar el sistema que ellos crearon para robársela toda.
Solo resta develar si la inveterada “inocencia” de los argentinos volverá a creerle a quienes los llevaron a pisar el barro de la escasez y de la ignorancia con el cuento de que el barro era un elixir exquisito en donde encontrarían los días más felices.