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Historia secreta de un video que nunca se robó

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La verdad es una mentira que necesita ser revelada  
(Proverbio Zen)

 

     Esta es la historia de una mentira montada sobre otra mentira. Partícipes todas ellas de una inmensa cadena de mentiras que posibilitó la impunidad (hasta que el Estado de Israel no decida lo contrario) de los que atentaron contra el edificio de la AMIA hace 10 años.
    La historia de esta mentira jamás revelada hasta ahora comenzó cuando la defensa del comisario Juan José Ribelli accedió hacerle un lugarcito en el teatro de la sospecha a Mariano Cúneo Libarona. El mediático abogado apareció en escena llevando bajo el brazo una extraña zaga de sexo, mentiras y videos. Una operación política que le valió un tiempito en la cárcel acusado de extorsión, y algunos cientos de miles de dólares para su bolsillo pagados cuasi oficialmente por la Policía bonaerense de Eduardo Duhalde.
    El contenido básico de la referida cinta es por todos conocido. Un juez –Galeano- que interroga ilícitamente a un acusado –Telleldín-, y una cámara oculta a los ojos del reo que graba la propuesta indecente del juez al reducidor de autos.
    Cuando Mariano Cúneo Libarona comenzó a revolear el contenido de la cinta a diestra y siniestra, el juez Galeano se apresuró a denunciar que el video había sido robado de su despacho.
    En la vorágine de acusaciones y contradenuncias que bamboleaban la causa AMIA, era lógico pensar que los poderes de las fuerzas de seguridad en pugna pudieran violar la custodia permanente que protegía la caja de seguridad del despacho de Galeano y hacerse del video.
    La noticia-denuncia del robo de la cinta sacudió la nunca amodorrada siesta del caso AMIA. Galeano apareció a ojos vista de la sociedad como una víctima más de la crueldad de terroristas y supuestos cómplices. El contenido escandaloso del video presentado a la sociedad por Mariano Cúneo Libarona se vió minimizado en su momento por la denuncia del robo que había sido víctima el principal instructor de la causa AMIA.
    Una trampa más a las muchas urdidas sobre las víctimas del atentado.
    Esta es la mentira –la madre de todas las mentiras- guardada hasta el presente: Ese tan mentado robo nunca existió. La historia se produjo de la siguiente manera:
    Cuando en un rapto de idiotez calificada Juan José Galeano decidió registrar en video su propuesta de entregarle dinero a Carlos Telleldín para que acusara a los policías bonaerenses, el equipo técnico que dispuso la SIDE para registrar el consabido video estaba encabezado por un técnico que se hizo popular meses atrás: Jaime Stiusso, alias “el ingeniero”, “Style”, “Jaime”…. etc.
    Stiusso supo desde el primer momento que la cinta que estaba grabando llegaría a valer una fortuna en el mercado negro de los servicios de inteligencia. Entonces, subrepticiamente, su equipo registró no una sino dos cintas, dos videos a la vez sin que lo supiera el juez Galeano.
    La cinta original quedó celosamente guardada en la caja fuerte del juez y el clon de la misma comenzó a rodar por diferentes circuitos hasta que la Jefatura de la Policía de la Provincia de Buenos decidió que valía la pena adquirirla para defender a uno de sus hombres –Juan José Ribelli-, quien no en vano era el recaudador oficial de la fuerza en cuanto negocio sucio se involucrara.
    Hay diferentes versiones que no se ponen de acuerdo sobre el precio que se pagó por ese video. Pero en este caso, su valor es lo de menos…
    Cuando el clon del video se hizo público trastabillaron dos sillones: El de Juan José Galeano, operador de ese encuentro cercano de los 400.000 dólares con Telleldín, y el del jefe de la SIDE, Hugo Anzorreguy. Es que la clonación fílmica se había engendrado justo en uno de los ámbitos mas cerrados del espionaje local: El Area 85, Contrainteligencia. De hacerse pública la responsabilidad de la central de espías, la cabeza de la SIDE se hubiera visto obligada a renunciar… Con la caída de Galeano y Anzorreguy, la operativa oficial de apañar al estado de Irán e inculpar a un grupo de poliladrons se iba a pique.
    Allí se pergeño la mentira. Galeano se victimizó públicamente y salvó algo –momentáneamente- su responsabilidad en el asunto, pero además le sacó las papas del fuego a la SIDE. Resultado de la mentira: La SIDE no perdió a ninguno de sus operadores de importancia en este juego macabro y siguió con la estructura intacta poniendo dinero para urdir la trama de la conexión local.
    Las vinculaciones de Jaime Stiusso con miembros de la policía bonaerense eran por muchos conocidas.
    Los dirigentes del judaísmo local (por lo menos algunos prominentes abogados) supieron de este engaño mancomunado. Pero se sumaron a la farsa pues había que proteger a Galeano y  Hugo Anzorreguy (y por extensión al Area 85, Contrainteligencia).
    Algún periodista que supo de este asunto casi al unísono que ocurría fue obligado a silenciarse en forma por demás canallesca. Pero esa es historia aparte. La verdad no puede seguir oculta eternamente… 

                                                                                        Jorge D. Boimvaser

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