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¿Seis para triunfar?

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En la recta final hacia las elecciones del próximo 27 de abril, los candidatos presidenciales Néstor Kirchner, Carlos Menem, Ricardo López Murphy, Leopoldo Moreau, Elisa Carrió y Adolfo Rodríguez Saá se desgañitan tratando de seducir a un apático electorado que parece más preocupado por la contienda en Irak que por la sarta de promesas emanadas de sus bunkers propagandísticos. A casi veinte años de la recuperación democrática en Argentina, resulta paradójico que ninguno de estos seis se presente como un claro triunfador a menos de un mes de los comicios. Ni siquiera logran arañar más del 15% de intención de voto, como tampoco pudieron convocar multitudes en sus actos públicos. Esto ha quedado demostrado el miércoles 2 de abril, cuando el santacruceño Kirchner pretendió llenar el Monumental riverplatense de Núñez y solo se contentó con meter a unos 45.000 partidarios provenientes del PJ bonaerense. Si se tiene en cuenta que en el “Gallinero” caben unos 76.000 espectadores sentados, la cifra de 45.000 solo representa un lleno del 50%. Y hay que tener en cuenta que la gran mayoría de los concurrentes fueron llevados en caravanas de micros, pues como se mencionó antes, se trató de militantes del aparato del duhaldismo bonaerense. Entonces, ¿dónde estaba la multitud que el émulo del cómico Tristán pretendía juntar en el estadio Vespucio Liberti?. Indudablemente, mirando otro canal.

 

Pero este fracaso mayúsculo de convocatoria que padeció Kirchner, puede pegársele como perro al hueso a cualquiera de los cinco candidatos restantes. Pues ya su oratoria, y su poder de convencimiento, no levanta ni a las piedras en una sociedad que pasó de la desocupación record a un estado de pauperización extremo.

 

Partida al medio

 

En las elecciones de octubre del 2001, el abstencionismo o “voto bronca” fue tan significativo que trepó a casi el 60% del electorado. Ni la Alianza gobernante ni el resto de los políticos acusaron recibo de semejante mazazo y, el pueblo movilizado en las calles de todo el país, durante las jornadas del 19-20 de diciembre, provocó que De la Rúa se viera obligado a huir de la Casa Rosada en helicóptero. Durante todo el 2002, las movilizaciones masivas del movimiento piquetero demostraron que el poder político estaba cambiando de manos. Ni el sesudamente preparado doble crimen de los jóvenes Maximiliano Kosteki y Darío Santillán el 26 de junio en las cercanías del Puente Pueyrredón, y la oleada represiva subsiguiente, lograron fisurar el poder de convocatoria y el convencimiento de este reciente espectro de presión social. Tampoco el periodismo “serio”, que responde a los grandes pulpos económicos, trascendió del discurso monótono y oportunista sobre el “infierno” de las calles cortadas y el tránsito obturado.

Las asambleas vecinales populares, surgidas al calor de las barricadas de esos dos días memorables, pasaron de un reflujo decidido a una fractura en tres partes y luego a una resurrección lenta y sostenida. Esto se vio particularmente en el acto del pasado lunes 24 de marzo, cuando muchos de los concurrentes que ocupaban las 20 cuadras de la Avenida de Mayo provenían de esos agrupamientos barriales. Junto a ellos también se encolumnaron los representantes de las empresas quebradas recuperadas por sus trabajadores, más las mencionadas organizaciones piqueteras y partidos políticos de izquierda como el Partido Obrero, la Izquierda Unida y el Partido Comunista.

Si como muestra sólo basta un botón, las ausencias más notorias la constituyeron los distintos encuadres políticos que encabezan los seis candidatos a presidente. Brillaron por su ausencia, y ni siquiera enviaron unas líneas de adhesión, temiendo seguro que la sola mención de sus nombres hiciera brotar una catarata de insultos y rechiflas.

Pero la clase política está lejos de escarmentar, porque parece que está dotada de una cortina de amianto que la protege de incendiarse constantemente a lo bonzo. Como hace una semana lo demostró la absolución del inefable senador Luis Barrionuevo por obra y gracia del partido gobernante en pleno, haciendo saludo uno a la petición del presidente Duhalde, temeroso de que el catamarqueño lo aplaste con una de esas voluminosas carpetas que contenían (según dijo Barrionuevo) pruebas contra él.

La relación entre la clase política argentina y el resto de la sociedad, está partida al medio y lejos de recomponerse por más elecciones presidenciales que vengan. El caso Barrionuevo así lo demuestra, pues fue absuelto en bloque y se dio el lujo de hacer incinerar urnas electorales en Catamarca; mientras que por otro lado la bonaerense sacó a palos a los trabajadores de la ex Sasetru que clamaban por trabajo digno y estable.

No va más, la sociedad argentina no come más vidrio y ya no quedan más batracios para llevarse al buche.

 

Fernando Paolella

 

1 comentario Dejá tu comentario

  1. Y HOY 22-01-2011 TODO SIGUE PEOR ,ESTAN LOS MISMOS DE SIEMPRE , ( ESO QUE PEDIAMOS QUE SE VAYAN TODOS ) Y QUIEREN HACERNOS CREER , QUE TODO ESTA DE MARAVILLAS !!!! QUE PACIENCIA QUE TENEMOS Y QUE ESTUPIDOS QUE SOMOS

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