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Otra vez frente a la opción de siempre

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"Quien por su seguridad sacrifica su libertad, no merece ni la libertad ni la seguridad".  Benjamin Franklin
“Quien por su seguridad sacrifica su libertad, no merece ni la libertad ni la seguridad”. Benjamin Franklin

¿Quién soluciona los problemas de la vida? Quizás en esa simple pregunta se hallan encerradas no solo las concepciones con las que cada uno puede ver el mundo y enfrentarlo sino también las filosofías que luego se materializan en fuerzas políticas que luchan por el poder.

 

A trazo grueso digamos que hay dos formas de responder el interrogante, dos aproximaciones para resolver esa disyuntiva: hay quienes creen que los problemas de la vida los resuelven las propias personas y hay quienes creen que son otras personas las que tienen que proveerles una solución llave en mano. Son dos cabezas, dos visiones, dos maneras de vivir y de entender la vida completamente diferentes.

Los primeros no piden la solución en sí misma de los problemas: piden que se los dejen solucionar a ellos, que no haya una autoridad que imponga un orden que torne materialmente imposible encargarse de resolver sus propios problemas. Se trata, más que de una exigencia de intervención, de un ruego de abstención, de no meterse en lo que son cuestiones que dependen estrictamente de decisiones propias.

Al asumir la responsabilidad de resolver sus propios problemas quienes adhieren a esta concepción, reclaman un orden social que les permita hacerlo, algo así como: “yo me banco la que me toca pero no me compliques la solución; no me estorbes mientras me encargo de arreglar lo que me pasa”. Es un grito de no hacer.

Los segundos, en cambio, piden que la solución les venga dada por alguien que no son ellos. Es más, la evolución de esta concepción ha transformado la entrega de las soluciones en “derechos” de modo que, quien tiene un problema, accede automáticamente al derecho a que alguien se lo solucione.

La primera concepción es compatible con la valentía, la bravura y la libertad. La segunda con la pusilanimidad, el miedo y la servidumbre.

El mundo lleva 50 siglos detrás de la misma cuestión y, pese a las evidencias empíricas de cómo viven las sociedades que eligen gobernarse principalmente por el imperio de una u otra concepción (afluencia y gran nivel de vida en los países en donde predomina la primera y pobreza y atraso en donde predomina la segunda), en muchos lugares aún se sigue discutiendo con fiereza qué es lo que más le conviene al hombre de a pie.

Llamemos, por razones de simplificación práctica, a la primera concepción como “liberal” y a la segunda como “segura”.

La concepción “liberal” es antipática e incómoda. La concepción “segura” luce como seductora y confortable.

Las dos han devenido en fuerzas políticas que se han manifestado con distintos nombres en todo el mundo, pero, a modo general, la concepción “liberal” (como prioriza la supremacía del individuo y ésta, a su vez, sólo puede gozar de ciertas garantías cuando el poder del Estado se desconcentra y se divide en estamentos separados e independientes típicos de la forma republicana de gobierno) ha tomado en nombre de “republicana” o “republicanismo”.

La concepción “segura” -como socializa la solución de los problemas individuales y los hace depender de una estructura colectiva (básicamente el Estado)- se hace llamar “socialista”.

El estentóreo fracaso mundial del socialismo, a su vez, hizo que la concepción “segura” camuflara su nombre (especialmente luego de la caída del Muro de Berlín) y lo cambiara a “democrática”, como queriendo dar a entender que el “republicanismo” defiende un perfil individualista e inhumano de la vida y los “democráticos” se preocupan por el pueblo y por cómo resolver “los problemas de la gente”.

Llevadas estas teorizaciones al terreno agonal de la política, la concepción “liberal republicana” dio origen a partidos “liberales” que reconocen la supremacía del individuo y la concepción “social democrática” a partidos “socialdemócratas” que privilegian la supremacía del Estado.

Bajemos esto al terreno de los ciudadanos de carne y hueso.

Inconscientemente, todos los días, las personas se hacen la pregunta con la que empezamos este comentario. Es inevitable: subliminalmente, aunque estemos dispuestos a afirmar que no es así, todos los días nos hacemos la pregunta del inicio: ¿Quién soluciona los problemas de la vida?

La respuesta, cuando los países tienen sobre el lomo generaciones de impulsos culturales que los han formado, aparece influida por ese bombardeo que ni recordamos de dónde ni desde cuándo viene.

No es muy difícil descubrir que la sociedad argentina viene siendo sometida a la influencia de la concepción “segura-social-demócrata” desde hace décadas, probablemente de modo ininterrumpido desde hace 100 años.

Paradójicamente no es esa la concepción que subyace en el documento que diseñó el perfil que el país debía tener de acuerdo al horizonte que soñaron los padres que lo fundaron. Pero el rodar de la realidad lo ha traído hasta aquí, hasta donde está hoy.

Generaciones de ciudadanos de carne y hueso han sido convencidos que la verdad está en la concepción “segura-social-demócrata”. Al lado de ese ingente esfuerzo de convencimiento operaron -recordemos- las ventajas naturales de esa concepción: su seducción y su comodidad.

“Alguien se hará cargo de mis problemas… ¡qué bueno…! No tendré que ocuparme yo”.

Es más, una de las herramientas preferidas de la concepción “segura-social-demócrata” para persuadir a más y más gente de votar a partidos que defienden esas ideas, fue la de convencerlos que los problemas de unos eran causados por la “maldad” de otros; que esos problemas no tenían que ver con negligencias propias sino con la malicia de terceros. Naturalmente los partidos que encarnaban la concepción “segura-social-demócrata” se harían cargo no solo de resolverle los problemas a la gente sino que, también, pondrían en su lugar a aquellos bandidos.

“¡Bingo! Tengo problemas no por mí culpa sino porque me los causó otro malvado… Pero aquí llegó esta legión de superhéroes que no solo me resolverá los problemas sino que castigará a quienes me los causaron… ¡Qué genial..!

El pequeño inconveniente es que la concepción “segura-social-demócrata” devino (o quizás siempre fue) en un enorme engaño. Lo que había detrás de ella era la intención de “comprar” la voluntad electoral de millones de “ingenuos” (o de “cómodos” o de “seducidos”) para llegar al poder. Una vez allí (incluso en el eventual caso de que muchos “ingenuos” comenzaran a darse cuenta del embuste) ya sería tarde para todo ese conjunto de idiotas: su comodidad, su falta de valentía, su inocencia, su falta de agallas o su pusilanimidad los había entregado a las manos de un Frankenstein con vida e intereses propios que les chupó toda la libertad que habrían tenido para resolver sus propios problemas y ahora no tienen ni la libertad ni las soluciones.

-¿Entonces querés decirnos que en el fondo fuimos unos idiotas?

-O unos cómodos, o unos ilusos, o no tuvimos las agallas para tomar nuestras propias vidas en nuestras manos…

-Pero pensamos que era efectivamente posible que una estructura poderosa nos hiciera la vida más fácil y que las cosas fueran más justas para todos, aunque para eso tuviéramos que entregar algunas de nuestras libertades a cambio…

-Lo único seguro es que cuando permitís el nacimiento de una “estructura poderosa”, la “estructura poderosa” termina aplastándote…

La idea misma de la palabra “Estado” es todo un hallazgo: ninguna palabra se ha mostrado tan útil para el perfeccionamiento de una mentira, como la palabra “Estado”.

La palabra “Estado” tiene la virtualidad de transmitir al cerebro humano la idea de una entelequia. Es decir, nadie piensa en la encarnación en personas cuando pronuncia o escucha la palabra “Estado”. El cerebro humano ha sido programado (especial y justamente desde el gramsciano repiqueteo socialista) para decodificar la palabra “Estado” con cualquier cosa antes que con gente.

Pero el “Estado” está lejos de ser la entelequia que creemos y que nos han programado para creer que es. El “Estado” ES gente. Es gente que llegó a sus sillones porque nosotros la pusimos allí.

Una vez que esa gente apoya su culo en esas poltronas automáticamente se transforma en algo diferente a nosotros. De la mano del verso de la “igualdad” y de “elegime a mí que yo te soluciono tus problemas” el “Estado” sirve para dar nacimiento a la mayor desigualdad que la humanidad ha conocido: la que surge de la gente con poder y de la gente sin poder.

La elección del 19 de Noviembre nos pone frente a una opción vieja; una opción que no es de ahora y que otros países del mundo han resuelto ya: la elección del domingo es entre la antipática e incómoda opción “liberal” (que le retira poder a la gente que ES el Estado) y la seductora y confortable opción “segura”(que consolida y aumenta el poder de la gente que ES el Estado). “Vuelta la burra al trigo”, diría mi abuelo gallego.

La unica diferencia con otras ediciones de la misma disyuntiva es que, esta vez, Javier Milei puso el dedo en la llaga y planteó la opción con una claridad que nunca tuvo en los últimos 80 años. Quizás a eso se deba el miedo suelto que revolotea en la gente que ES el Estado.

¿Votaremos por la audacia o por la seguridad? Solo una acotación: la seguridad nos trajo hasta la miseria y lo único cierto es que encumbró a una nomenklatura rica y privilegiada que vive mintiendonos desde hace un siglo; la audacia puede llevarnos adonde nosotros queramos.

Pero ese horizonte dependerá de nosotros mismos y será desigual según lo que cada uno proyecte y lo que cada uno haga. ¿Nos bancaremos las diferencias aun cuando, comparativamente, TODOS estemos mejor cuando nos cotejemos contra nosotros mismos y no contra nuestro vecino?

De las respuestas a esas vacilaciones depende el futuro de los próximos cincuenta años.

 
 

7 comentarios Dejá tu comentario

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