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Carlos Pedro Tadeo Blaquier, el gran símbolo de la complicidad civil con las dictaduras

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A los 95 años murió el "Zar del Azúcar". Al frente del Ingenio Ledesma desde 1952, Blaquier no sólo fue amigo de Onganía y Martínez de Hoz sino que en la denominada Noche del Apagón de 1976 fue el responsable de 500 detenciones y la desaparición de 36 trabajadores. ¿La frutilla del postre? Según la documentación de la Escuela de Yoga de Buenos Aires, hasta sus 87 años habría sido cliente premium de la prostitución vip.
A los 95 años murió el "Zar del Azúcar". Al frente del Ingenio Ledesma desde 1952, Blaquier no sólo fue amigo de Onganía y Martínez de Hoz sino que en la denominada Noche del Apagón de 1976 fue el responsable de 500 detenciones y la desaparición de 36 trabajadores. ¿La frutilla del postre? Según la documentación de la Escuela de Yoga de Buenos Aires, hasta sus 87 años habría sido cliente premium de la prostitución vip.

El magnate azucarero Carlos Pedro Tadeo Blaquier parecía bendecido por el don de la inmortalidad. Tal vez por esa razón, su inesperado fallecimiento, a los 95 años, fue un duro golpe para los editores de avisos fúnebres del diario La Nación, puesto que, ya al anochecer del 13 de marzo, tuvieron que publicar a contrarreloj unas 189 condolencias.

Entre éstas resaltan la de Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta, junto a las de personajes tan disímiles como Domingo Cavallo y el sastre Gino Bogani, apretujados entre los empresarios más pujantes del país, figuras del jet set, políticos de derecha y deudos con apellidos de prosapia.

Sin duda, un merecido homenaje a quien -entre otros logros– simbolizó la complicidad civil de la última dictadura, además de haber tenido una activa participación en el ejercicio del terrorismo de Estado. Su última victoria fue morir sin que el Código Penal lo importunara por ello.

 

El patrón del mal

En este punto es necesario retroceder al 8 de agosto de 2012. Aquel día aún no terminaba de clarear, y Blaquier ya estaba en el tercer piso del Consejo de la Magistratura, sobre la céntrica calle Libertad. Había llegado con anticipación para así eludir la jauría de movileros.

Su estampa tenía cierta semejanza con la del simpático Mister Magoo. Lo escoltaban cuatro abogados, dos hijos, un médico y el jefe de prensa del Ingenio Ledesma. Porque el “Zar del Azúcar” estaba a punto de ser indagado –en una videoconferencia enlazada con el despacho del juez federal Fernando Poviña, en Jujuy– por ciertos episodios ocurridos durante los años de plomo.

Era una situación que él –quien empezó a dirigir el ingenio en 1952, tras casarse con Nelly Arrieta, la primogénita de los dueños de la empresa– jamás imaginó para sí.

Los cargos en su contra: seis homicidios (entre estos, el de Luis Aredez, quien fuera intendente del pueblo jujeño de Libertador General San Martín, también conocido como Ledesma por ser la sede de su reino agroindustrial), además de “violación de domicilio, privación ilegal de la libertad y tormentos seguidos de muerte” durante la denominada “Noche del Apagón”. Bien vale reparar en este episodio.

Entre el 20 y el 27 de julio de 1976 fue cortado el suministro eléctrico en la ciudad, mientras policías, gendarmes, militares y capataces de la empresa procedían al allanamiento y el saqueo de todas las viviendas. En vehículos de la empresa, 500 trabajadores, estudiantes y profesionales fueron llevados a los galpones del ingenio, donde permanecieron atados y encapuchados por tres meses, en medio de interrogatorios y torturas.

Precisamente sobre ello Blaquier debía explayarse ante el juez, al igual que una veintena de militares y Alberto Lemos, un gerente de Ledesma.

Lo cierto es que el apego del “Tordo” –como sus allegados le decían– hacia los regímenes castrenses tenía una razón que excedía el tema represivo: beneficiado por la dictadura de Juan Carlos Onganía con el monopolio de la industria azucarera luego del cierre compulsivo de los ingenios tucumanos, Blaquier anudó fructíferos lazos de intercambio con los siguientes gobiernos de facto. De modo que, por decantación, su imperio fue un sostén explícito de la dictadura que vio la luz el 24 de marzo de 1976.

Prueba de ello es su intercambio epistolar con el entonces ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz. En una carta fechada a fines de 1978 se dirige a él con un efusivo “Querido Joe”, y no duda en expresar su “profunda admiración por “la recuperación de la Argentina”. En esa misma hoja también se refiere a sus gestiones con “el señor Harry Stenbreder” –un influyente funcionario del Departamento de Estado norteamericano– para mitigar las sanciones económicas aplicadas por el presidente Jimmy Carter a la Junta Militar debido a sus crímenes.

El resurgir de la democracia no empañó el romance de Blaquier con los uniformados. Tanto es así que convirtió nada menos que en jefe de Recursos Humanos de la empresa al hoy encarcelado brigadier Teodoro Álvarez, quien, durante el llamado “Proceso”, había tenido un rol crucial en la persecución de quienes integraban la comisión interna de Ledesma.

Se podría afirmar que su feudo de Libertador General San Martín es el único lugar del país en el cual la dictadura no concluyó.

Al respecto, un episodio ilustrativo: durante un allanamiento realizado a mediados de 2012 en las oficinas centrales de la empresa, junto a legajos sobre trabajadores desaparecidos también fue hallado un escrito que da cuenta de trabajos de inteligencia efectuados por cuenta de la empresa en ¡2005! Se trata de un paper de 300 páginas sobre la marcha de aquel año en homenaje a las víctimas de la Noche del Apagón; junto a una minuta, hora por hora y día por día, de sus preparativos. Tal informe contiene una lista con nombres de todos los dirigentes que participaron en el recordatorio.

Semejante documento le fue exhibido durante su indagatoria. Su procesamiento fue el epílogo de dicho trámite.

Pero tres años después, la sala IV de la Cámara de Casación, integrada por Gustavo Hornos, Juan Carlos Gemignani y Eduardo Riggi, lo bendijo con una generosa “falta de mérito”, siendo el fallo apelado por la querella.

La Corte Suprema se tomó siete largos años para votar la revocatoria de Casación (con el voto en disidencia de Carlos Rosenkrantz, quien cultiva un lazo de amistad con la familia Blaquier).

Sin embargo, los abogados del anciano advirtieron entonces que él no se encontraba en condiciones de enfrentar un proceso oral a raíz de un presunto deterioro cognitivo. En consecuencia, se le ordenó al Cuerpo Médico Forense (CMF) que se le realice los estudios correspondientes. Aquella dilación hizo que, al final, don Carlos Pedro no llegara al banquillo de los acusados.

Claro que por esos días a él lo preocupaba otra situación embarazosa. Pero vayamos por partes.

Un hombre llamado Azúcar

No es una exageración afirmar que don Carlos Pedro era un hombre múltiple. En algunas librerías de saldos todavía se puede encontrar al menos tres obras ensayísticas de su autoría: “Pensamientos para pensar”, “El milagro griego” y “Los amores de Luís XIV”. El título del primero lo dice todo.


En el segundo supo volcar su lúcida mirada sobre el mundo helénico, destacando que esa civilización se erigió en “la gran conveniencia de limitar la cantidad de ciudadanos”. Y sostiene tal tesitura con un dato de suma utilidad para las sociedades contemporáneas: “En la antigua Grecia, los esclavos del Estado cumplían funciones de vigilancia y policía”. Un genio.

A su vez, el libro sobre el penúltimo monarca francés es, a todas luces, su texto más íntimo. Porque hace foco en la relación del protagonista con su favorita, Françoise d’Aubigné –más conocida como Madame de Maintenon–, con quien se unió en matrimonio morganático sin haberse separado de la reina María Teresa de Austria. Una alusión poco disimulada del vínculo simultáneo que él mismo mantenía con sus dos esposas, doña Nelly y Cristina Khallouf. Es que Blaquier se creía una reencarnación del Rey Sol.

Tanto es así que su mansión La Torcaza, sobre la avenida Sucre, en las barrancas de San Isidro, es una versión desmejorada, casi naïf, del Palacio de Versalles. Sobrecargada con estatuas, mármoles de Carrara y un sauce llorón, este reyezuelo de cabotaje amasó bajo su techo, entre visitas de embajadores, dignatarios de la Iglesia y generales, la ilusión de hacer propia aquella frase acuñada por su ídolo: “El Estado soy yo”.

El tipo se jactaba de ser un pragmático del espíritu. “La filosofía me fue muy útil en mi vida empresarial”, le soltó, al concluir el siglo XX, a su amigo, el marchand Ignacio Gutiérrez Zaldívar, en un programa televisivo que éste animaba en la ATC del menemismo. Esa vez también confesó: “En el fondo, soy muy romántico”, y con una leve sonrisa, se permitió el siguiente remate: “Soy un enamorado del amor”.

Pero, ya en el tramo final de su existencia –cuando sus abogados, en agosto de 2022, lidiaban por apartarlo de su juzgamiento en Jujuy–, aquella debilidad le provocó una impensada jaqueca.

Su detonante fue una simple noticia policíaca: el allanamiento a la sede principal de la llamada Escuela de Yoga Buenos Aires (EYBA) y el arresto de su líder, Juan Percowicz, junto a una veintena de acólitos.

En realidad era una secta dedicada a reclutar mujeres con engaños para reducirlas a una situación de servidumbre y explotación sexual con el fin de ofrecerlas a una acaudalada cartera de clientes. Una suerte de “geishado VIP”, según la terminología del propio Percowicz.

Pues bien, tal como consta en uno de sus biblioratos secuestrados por la policía, entre sus abonados más frecuentes resaltaba un tal “Azúcar”. Era nada menos que el apodo que ahí usaba Blaquier.

Dicha documentación, junto a las declaraciones de imputados y testigos, consigna que él supo usar los servicios que propiciaba la EYBA entre fines de la década del ’90 y 2014, hasta que –a los 87 años– renunció finalmente a los placeres arancelados de la carne.

Durante ese lapso, se dejaba caer tres veces por semana al bunker de la secta, un edificio en la calle Estado de Israel 4453, donde permanecía desde las 10:00 hasta las 17:30. Blaqier era para la EYBA el cliente más importante; de hecho, los libros contables de la organización registran “donaciones” suyas de hasta un millón de dólares,

La cautiva que él hizo suya dejó de convivir con las otras esclavas para ocupar un amplio departamento para ella sola en el cuarto piso. “Azúcar” no dudó en financiar la remodelación del inmueble y, particularmente, su nidito de amor, para conferirle la apariencia de un “châteaux”. Ocho años después de su última visita, cuando la policía irrumpió en el lugar, fueron encontradas sillas, servilletas y vajilla con las iniciales de Blaquier.

En el directorio del Grupo Ledesma se rumoreaba que el derrumbe de la EYBA lo habría afectado más que la posibilidad de ser juzgado por genocidio.

Que el Príncipe de las Tinieblas se apiade de su alma.

 
 

14 comentarios Dejá tu comentario

  1. Noto que a mucho más de un forrista le falta competencias vinculadas a la investigación académica o periodística. Blaquier fue un tipo funesto y a la vez habilitador de prácticas propias de la Edad Media. Una sociedad feudal en plena modernidad. Pero eso no es lo más grave de todo, porque este tipo era putañero y de los peores. ¿Pruebas? Si se fijan en las "Charlas de Quincho" de los lunes y martes del diario Ámbito Financiero de años anteriores (hoy ya parece un House Organ K), siempre aparecía Carlos Pedro Blaquier en su residencia rodeado de mujeres. Era una constante. Para más datos, las Charlas de Quincho salían en la última página. De nada.

  2. La dictadura es una posverdad alfonsonista. Nadie antes se había referido a un gobierno militar como dictadura, sí había sido frecuente definir a Perón como un tirano y un dictador. Para el argentino la dictadura era la normalidad de lo que se esperaba de un líder y de un presidente. A Illia lo echaron con desprecio por no comportarse como un dictador. Es como dijo Lafinur, excepto los zurdos terroristas, todos los demás, políticos y ciudadanos comunes, clamaban por la toma de poder por los milicos. La razón es muy simple, los milicos habían demostrado que estaban dispuestos a entregar el poder eventualmente; en cambio si venía la revolución a la cubana contra un desgobierno que estaba liquidando el país, de eso no se vuelve más. El gobierno de Isabelita era incapaz en todo sentido y eligió la salida menos traumática y esa fue tal vez su mejor decisión, así como la peor fue soltar presos y disolver los tribunales encargados de juzgar los hechos de terrorismo.

  3. Blaquier era una peste. Pero, por extraño que parezca, en Salta hay tipos muchisimo peores que él. Blaquier era un industrial y, malo cómo era, y explotador, creó puestos de trabajo. Los de la oligarquía salteña, los peores qué Blaquier, son parásitos, oficialistas , inservibles y felpudos eternos de los gobiernos de turno. El peor oligarca es el obispo de la diosesis, qué pone el agua bendita y justifica las peores canalladas de la oligarquía.

  4. El premio Greta Thumberg es para la abogadacexitosa que mantuvo sus hoteles con una ocupación mucho mayor que su capacidad y sin tener empleados. Ni una docena de medialunas conpró.

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