Lo sucedido con la periodista Sandra Russo, quien sufrió un secuestro virtual por el que fue despojada de cincuenta mil dólares, no es en cuanto a la ejecución del delito distinto en modo alguno al que le ha ocurrido a muchísimos otros argentinos (tanto personas de a pie como personajes públicos. Sin ir más lejos, Silvia Fernández Barrio fue víctima hace unos pocos días del mismo delito, aunque el intento no llegó a concretarse).
No voy a explicar acá en qué consiste un secuestro virtual porque todos lo sabemos. Pero me interesa analizar qué características específicas tiene este caso, que lo distinguen de otros.
Para empezar, Russo intento mantener lo que le ocurrió bajo una confidencialidad que —se sabe— ya no puede esperarse cuando se hace una denuncia de esas características. En ese sentido, su intimidad fue vulnerada y ella dijo considerarse “revictimizada” por la difusión periodística del hecho.
Dijo sentirse insegura a partir de la posibilidad de los autores del hecho de confirmar a quién habían robado. Y creo que en ese sentido tiene razón. Por otro lado, más allá de la situación de riesgo en la que potencialmente la pone la difusión de su identidad, como víctima de ese delito, yo intuyo que ella quería evitar que esto trascendiera porque sabía que sería destinataria de odio, chistes de mal gusto y todo tipo de insultos.
Si bien la reacción más airada y que por cierto acaparo bastante tiempo en radio y televisión fue la del ex legislador Fernando Iglesias, que tuiteó apenas se supo la noticia —“El que hizo el secuestro virtual a Sandra Russo tiene cien años de perdón”, dijo— hubo muchísimos más comentarios, artículos al respecto y se instaló como uno de los temas de la semana.
Es obvio que ningún delito debe ser celebrado ni festejado. En ese sentido, Iglesias y muchos otros se excedieron. Hasta el mismo Jorge Lanata pareció tomarse el hecho con cierta satisfacción. Sin embargo, más allá de esta situación en particular, debemos reflexionar en torno al tremendo daño que se le ha infligido a la sociedad durante “la década ganada” para que ante un hecho que antes hubiera merecido automática condena (o al menos indiferencia) se haya tornado en algo para tomarse en joda, y festejar.
En ese sentido, Russo que obviamente es inocente como toda víctima, tiene una cierta responsabilidad “virtual” porque ella fue parte central de la construcción de este mecanismo de odio, de divisiones y de ajusticiamiento mediático que ahora se le vuelve en contra. Aunque no tiene conexión especifica con este tema, pienso en los “juicios públicos a periodistas” en los cuales se alentaba a chicos a escupir fotos de distintos periodistas a los que se endilgaba haber colaborado con la dictadura militar.
Que el rescate que ella debió pagar haya sido en dólares que tenía en su casa constantes y sonantes, más allá del origen de los mismos (ella dijo que eran de la sucesión del padre de su hija) tiene un gran valor simbólico, porque desde 678 se niega la inflación, se critica a la clase media que intenta comprar dólares y demás. Hay algo de Karma, de causa y efecto o “justicia poética” para muchos en ver que una de las principales ideólogas de la maquinaria de propaganda oficial fue, al menos por un rato, victimizada.
Russo escribió una biografía de Cristina bastante floja y genuflexa y es alguien no muy querida por quienes se oponen al gobierno de Cristina.
Imaginemos ahora qué hubiera pasado si la victima de este suceso hubiera sido un periodista de la corpo” como Longobardi o Leuco. ¿Qué hubiera dicho 678 al respecto? ¿Hubieran dejado pasar por alto que la víctima tenía dólares en su casa?
En otras palabras, ¿hubiera tenido Russo la compasión y la humanidad que exige de los demás frente a su propia situación? Probablemente no.
Queda también por pensar cuál hubiera sido la reacción en caso de un delito más violento. Supongamos que los cincuenta mil dólares le eran arrebatados en un robo violento en su casa en el cual era herida de un balazo… ¿qué hubiera dicho Fernando Iglesias?
Creo que ahí radica precisamente el problema de esta mentalidad amigo/enemigo que ha sido instalada por el Gobierno y que a esta altura le pertenece (por desgracia) a la sociedad argentina en su conjunto.
El problema del odio, de fomentar divisiones y peleas, del “cinco por uno no quedará ninguno” de Perón es que el odio se vuelve rápidamente autónomo. Es más fácil transformar la mano en un puño para dar una trompada que aprender a abrir la mano y estrechársela incluso a quienes no piensan como nosotros.
Esa violencia, esa celebración de la desgracia del otro, expresa con total claridad hasta qué punto “la grieta” ha calado hondo entre la gente. ¿Cuánto tiempo tardará en disolverse esta división?
Será parte de las responsabilidades del próximo presidente generar un clima de diálogo y de respeto hacia quienes piensan distinto que permita modificar estas cuestiones.
Si la presidenta no ha vacilado en “escrachar” desde el atril oficial a un jubilado que quería comprar diez dólares para su nieto y no pudo (al que tildo de amarrete) ¿qué puede esperarse de los ciudadanos en general?
En síntesis: Sandra Russo merece ser respetada como cualquier víctima de un delito, pero lamentablemente se han perdido las condiciones para que ese respeto exista y ella misma ha sido parte de ese cambio en el estado de cosas. Como reza el dicho popular: no hay que escupir al cielo.