Los ojos de la Pobreza

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UNA OPORTUNA REFLEXIÓN
UNA OPORTUNA REFLEXIÓN

    El tipo me mira toda vez que paso por esa calle. Su mirada es realmente extraña. No parece una persona. Quiero decir, no parece por lo menos alguien como yo.

 

    Y estimo que, en algún momento, fue como yo y como tantas otras personas que caminan cotidianamente por la calle, pero ya no.

    El tipo ahora es un pobre indigente con mirada esquiva hacia los demás. Alguien que teme a su propio prójimo. Ese mismo prójimo que le ha dado la espalda sin motivo.

    Yo lo miro, como a tantos otros pobres, y me pregunto en qué momento habrá dejado de ser persona. En qué preciso momento habrá sido el abrupto cambio.

    Me pregunto qué sentirá acerca de la vida o si tendrá expectativas de algún futuro. Nunca lo sabré. Y me molesta.

    Tal vez porque sé que el mundo sólo puede cambiar por nuestros propios méritos. No existe nadie más que nosotros mismos a la hora de actuar.

    Jean-Paul Sartre sostenía que "vivimos condenados a ser libres". Decía que llevamos el peso del mundo entero sobre nuestras espaldas, ya que somos responsables de él y de nosotros mismos en él. Decía que cada una de nuestras acciones y elecciones generan un "peculiar coeficiente de adversidad", una resistencia, una molestia. No es poco.

    Eso significa que cada acto que realizamos genera algo y, por pequeño que sea, ese algo vale. En ese sentido, el gran problema que debemos enfrentar, a veces, es el de saber cómo proceder.

    A grandes rasgos existen dos tipos de moral: la "moral abstracta" y la "moral concreta". La "moral abstracta" es la que dejamos ver en las charlas de café, cuando despotricamos contra la opresión, la desocupación, la pobreza y todos los males de este mundo. La "moral concreta" es la que aparece frente a los hechos concisos de nuestra vida cotidiana: la coima al policía que nos quiere hacer la boleta, el pasar la luz roja cuando nadie nos ve, etcétera. Finalmente, la "moral concreta" es la que prevalece. Y prevalece de la peor manera: de la mano de la imbecilidad.

    Creemos que el solo hecho de dar una moneda alguna vez a algún mendigo, nos hace excelentes seres humanos. Y nos vanagloriamos de eso.

    Luego de eso, ya está. Podemos estar tranquilos. Ya barrimos la basura debajo de la alfombra. Nos encontramos nuevamente frente a la "moral concreta". Y si por casualidad nos sentimos culpables, nos auto-tranquilizamos: "total, el mundo no va a cambiar por una sola acción buena", nos decimos. Es cierto. Hacen falta muchas de ellas.

    Yo siempre he tomado al mundo como si fuera una gran comunidad. Como si todos fuéramos una gran familia. Y no entiendo por qué tendría que ser de otra manera.

    Somos todos parte de lo mismo. Con sus cosas buenas y malas.

    Si llevamos el mismo concepto al ámbito de la propia familia, no podríamos concebir que un hermano nuestro, en caso de quedarse sin trabajo, pudiera ser excluido de nuestra propia casa.

    Seríamos muy malas personas si le quitáramos el plato de la mesa cada noche a la hora de la cena.

    Entonces, no se entiende que hagamos eso mismo con aquellos con los que compartimos el lazo de "hogar" en este mundo.

    Algo está mal, es obvio. Me parece que es hora barajar y dar de nuevo las cartas.

    No podemos ser tan insensibles. Esperando un cambio que no se dará a menos que lo produzcamos nosotros mismos.

    Esas personas que vemos a diario pidiendo en la calle o durmiendo en las plazas son como nosotros. Y les tememos sin motivo alguno. Tal vez sólo porque son el reflejo de nuestros propios miedos.

    Tal vez porque sabemos que no nos gustaría estar en su lugar. Y eso nos molesta. Preferiríamos que no existieran.

    Tal vez sea hora de liberar nuestros propios temores y darnos cuenta que, lo que vemos, es parte de nuestra propia esencia.
    Tal vez sea hora de tender una mano a aquellos que son parte de nosotros mismos. Sin miedos y sin vergüenzas.

    Ellos solo quieren ser entendidos, en un planeta donde la confusión gobierna.

    Ellos solo quieren una mano amiga. Esa que ya no tienen.

    Ellos solo quieren, en definitiva, ese lugar que tenían en este mundo y que perdieron sólo porque de pronto dejaron de ser personas.

    Yo lo se. Todos lo sabemos. Tal vez porque esa mirada de angustia que vemos a diario en ellos encierra —justamente— la elocuente amargura por ese mundo que han perdido.

 

Christian Sanz

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