07/02/2004 | Investigacion


Guillermo Cóppola, el gran simulador

RECUERDO DE DROGAS, CRÍMENES Y POLÍTICA

Guillermo Cóppola, el gran simulador

Se vuelve imposible intentar mirar la televisión o leer una revista de actualidad en estos días sin que aparezca la figura de Guillermo Cóppola, ex amigo y manager de Diego Maradona. Pareciera que los periodistas han olvidado finalmente cuál es su verdadera función como comunicadores y esconden bajo la alfombra mediática los datos más oscuros de los temas que deben plantear de cara a la sociedad.

En este caso, nadie parece atreverse a revelar los detalles del oscuro pasado (y presente) de un personaje como Cóppola, cuya imágen aparece rozada por los escándalos más imperdonables, como la drogas y el crimen organizado.

Hace algunos años, con elocuentes pruebas en la mano, este periodista intentó debatir con el ex manager de Maradona, pero no lo logró: Cóppola escapó por la tangente. El encuentro se había pactado con la producción del programa Almorzando con Mirtha Legrand, todo estaba planificado y cuidado, pero a último momento el canoso personaje no se presentó.

Evidentemente fue una buena jugada por parte de Cóppola, ya que los medios terminaron olvidando los escándalos en su contra y lo "reinventaron", esta vez totalmente puro y casto.

A través de este artículo, se intentará echar luz sobre algunos temas que la sociedad desconoce sobre Cóppola. Los secretos más incómodos de un hombre que supo reinventarse con gran paciencia. Veamos.

Hay que comenzar aclarando que no existe sólo un Guillermo Cóppola. Existen dos, o tres, o varios de ellos.

Uno es el que uno suele ver por televisión y otros medios hablando de sí mismo como si fuera una “maestra jardinera”: un tipo sano, sin problemas de ningún tipo y solidario con todo el mundo.

Pero en la intimidad, Guillote –como se lo conoce en privado- despliega varias personalidades que no permite que trasciendan a la vida pública.

Una de ellas está relacionada con el consumo de drogas, otra con el tráfico de estupefacientes y, la peor de todas, con el crimen organizado.


Personaje como pocos

Sin duda alguna, 1950 fue un año emblemático. Además de haber sido el que dividió el siglo en dos, fue el año en que el gobierno del Gral. Perón mostraba pleno auge. Europa, por su lado, trataba de acomodarse al nuevo tablero del mundo luego de la finalización de la Segunda Guerra.

El 12 de octubre de ese mismo año nacía alguien que iba a ser blanco de mil y una especulaciones: Guillermo Esteban Cóppola.

Cerca de la cancha de San Telmo, en la vernácula Isla Maciel, vino al mundo junto a su padre camionero y su madre cosmetóloga amateur.

Su infancia y adolescencia lo vieron trabajar como vendedor de naranjas y mandarinas en un carro y, posteriormente, como "pibe de los mandados" en una farmacia. Mientras tanto concurría al colegio Juan de Garay, en la Boca.

A los quince años entró como cadete al entonces Banco Italiano. A los 20, se pasó al Banco Federal Argentino. Se recibió de Licenciado en Administración de Empresas en la UCA gracias a una beca otorgada por sus jefes, y llegó a ser Gerente Departamental de la misma institución que apadrinó sus estudios universitarios.

A los 28 años, en 1976, tuvo la suerte de adivinar el futuro existente en la representación de jugadores de fútbol y pasó al frente. Entre sus clientes contó a Vicente Pernía, Nery Pumpido, Alberto Tarantini, Reinaldo Merlo, Mario Kempes, Hugo Gatti, Hugo y Oscar Ruggeri, hasta llegar finalmente a representar al máximo ídolo del fútbol nacional: Diego Armando Maradona.

Con el tiempo, Guillote llegó a manejar los asuntos de más de 180 jugadores consecutivamente y, a mediados de los ochenta se decidió a abandonar definitivamente su trabajo de Gerente de banco para dedicarse de lleno a la “representación”.

Poseedor de autos importados, relojes de oro y amigos influyentes, Cóppola ha sido un asiduo visitante de la quinta de Olivos durante la presidencia de Menem. Con ese poder a cuestas, en enero de 1996 -en plena campaña “Sol sin drogas”-, Guillote ha logrado viajar al Uruguay sin que lo revisaran en la Aduana.

Su historia con Maradona se inició en julio de 1985. Los presentó el ex futbolista Carlos Randazzo, quien en su momento fue acusado de distribuir drogas y posteriormente se vio involucrado en una causa penal por el asesinato de un hombre llamado Virgilio Escobar.


La droga

“(En el tema drogas) Cóppola es un puntero”, me asegura el Subcomisario (RA) Luis Augusto Weckesser, mientras apunta su desconfiada mirada a las anotaciones que voy tomando en mi arquetípica libreta de periodista.

“Cóppola ha podido hacer crecer sus ‘negocios’ gracias a la asunción de Menem como Presidente”, insiste el ex jefe de la División Toxicomanía refiriéndose al comienzo de los años ‘90.

Era cierto. Justamente, en el año 1.991, en el marco de una causa por una red de prostitución en la que Maradona era acusado por distribución de drogas, Cóppola iba a aparecer rozado, por primera vez, en el tema narcotráfico.

El 5 de marzo de ese año, en el Palacio de Justicia de Nápoles se presentó, sin citación, un hombre llamado Pietro Pugliese y pidió ver al fiscal de la causa. Allí mismo le aseguró que Cóppola y Maradona participaban del tráfico de drogas, mientras le pedían que él hiciese de contacto. Como ejemplo, comentó que a su novia, Alejandra Bertero, la habían hecho trasladar un paquete con dos kilos de cocaína haciéndole creer que se trataba de periódicos y revistas.

Pugliese dijo a los fiscales italianos que Maradona y Cóppola sabían del contenido del paquete porque ambos supervisaron la entrega final. Asimismo, confesó que el pago recibido por el trabajo se había realizado a través de DIARMA, la conocida empresa del “Diego”.

Existían conversaciones que confirmaban la participación de Cóppola en la transacción bancaria y la invitación personal de Maradona a Pugliese para que se reuniera con él en su casa. Esas grabaciones fueron entregadas a la justicia por el abogado de Pietro.

Tanto Maradona como Cóppola admitieron posteriormente que habían estado presentes cuando llegó el paquete, pero negaron que contuviese cocaína; eso sí, nunca pudieron desmentir su relación con Pugliese.

Y, aunque Cóppola insiste en asegurar que todo se trata de una lamentable casualidad, poco después sería nuevamente partícipe de un hecho vinculado a las drogas: el día 3 de septiembre de 1993, investigadores del departamento de Narcotráfico de la Prefectura Naval detuvieron en el partido de San Martín una camioneta Pathfinder negra con dos personas a bordo. Cuando los requisaron encontraron que uno de ellos, Roberto De Nápoli, tenía en su poder 30 gramos de cocaína. Sergio Cambareri estaba a su lado y en la gaveta de la camioneta había otros 20 gramos más.

Lo insólito fue que, cuando revisaron la cédula verde que acreditaba al vehículo –C1.494.857-, encontraron que el titular era ni más ni menos que Guillermo Cóppola. En dicho documento constaba una autorización de manejo vencida para Alejandro Bielus que en esos días trabajaba para Guillote.

Siguiendo con las casualidades, en 1994 un joyero que no quiso dar su nombre denunció en el programa Memoria conducido por Chiche Gelblung, que Cóppola había iniciado a su hijo en las drogas.

Según sus propias palabras, había entrado a la oficina de Cóppola como una fiera. “Mi hijo es un adicto a las drogas por tu culpa”, increpó furioso mientras estampaba un cenicero en la frente de Guillote quien llegó a exclamar antes de caer herido: “que se joda por idiota”.

Era la primera escena de un calvario: a fines de los ‘80, una noche, en el boliche Bulldog, Cóppola le habría ofrecido cocaína a Horacio, su hijo.

Este último con el tiempo abandonó el trabajo, renegó de la familia e intentó vender las propiedades de su padre. Fue entonces que Rubén se decidió a ir a la televisión. “La policía de Vicente López lo ampara (a Cóppola). Son todos delincuentes”, aseguró en plena pantalla chica y a partir de esas afirmaciones se dieron inicio una serie de amenazas que perturbaron su vida: “me vinieron a buscar y me amenazaron de muerte. No pudimos dormir durante seis meses”, aseguró posteriormente.


La cuestión de la carpeta

La DEA es el organismo norteamericano que investiga -y generalmente documenta- cuestiones vinculadas al tráfico de drogas. Y en sus confidenciales carpetas aparecen cientos de nombres de empresarios y políticos sospechados de tener algún vínculo con el tráfico de estupefacientes, generalmente clasificados por el “peso” de los indicios y la importancia de los nombrados.

Uno de esos “files”, específicamente un DEA-6 (según la jerga de la agencia) describe en su interior detalles de Guillermo Cóppola con las drogas.

No es casual que la DEA hubiera estado detrás de la fallida “causa Cóppola”, impulsando al oscuro juez Hernán Bernasconi para que avanzara contra el canoso manager. Eran días en los que el jefe de la delegación argentina de la agencia antidrogas, Gregory Phillips, aseguraba que "Cóppola está registrado (por la DEA) como narcotraficante”.

Y, a pesar de que la causa terminó siendo un circo mediático y judicial, hubo muchas sospechas que pudieron confirmarse a través de algunas de sus fojas. Una de ellas fue que Diego Maradona recibía cocaína a través de su cuñado: Gabriel “la Morsa” Espósito.

Era tal la presión y el temor de esos días, que el “número 10” llegó a presionar a su cuñado para que no declarase contra Cóppola. A cambio, él negociaría con el juzgado para sacarlo de la cárcel. Eso sí, algo tendría que entregar a cambio. Y lo hizo.

“Soy adicto”, dijo Espósito en la indagatoria, agregando que “la cocaína se la compro a Claudio Cóppola, más conocido como ‘Lechón’”.

Cuando el secretario del juzgado quiso saber quién era el que a su vez le vendía la droga a Claudio Cóppola, el Morsa fue bien terminante: “Eso no se lo voy a decir”. Todos intuían ese nombre, pero nadie se animó a decirlo.

Guillote, por su parte, había asegurado desconocer a Claudio Cóppola y no podía desdecirse.

Sin embargo, había una escucha telefónica que los tenía a ambos como protagonistas: “Guille, yo tengo que conseguir un kilo cuando llegue mi primo. Yo te puedo asegurar que si ven los billetes te pongo la pelota con botella de whisky de la mejor”, dice Claudio Cóppola, mientras en su casa suena el timbre. Cuando regresa al teléfono le dice a Guillermo Cóppola: “Leo quiere merquita, dale, dale. Lujos y placeres conseguíme”.

Guillote no duda: “Yo consigo, sí, no hay problema”.


La muerte le sienta bien

Dicen quienes lo conocen, que Guillermo Cóppola es como los gatos: siempre cae parado. Y algo de cierto debe haber, ya que nunca terminó embarrado por las denuncias que lo han señalado. Apenas si resultó levemente salpicado.

Una de las acusaciones más comprometidas que le ha tocado sobrellevar tiene que ver, ni más ni menos que con un asesinato. Veamos.

El 20 de abril de 1994 Leopoldo “Poli” Armentano, un exitoso empresario bailable fue baleado cuando iba camino a su casa en la esquina de Demaría y Sinclair. Horas antes había compartido una cena en el restaurante El Mirasol con el propio Cóppola y con el valet presidencial, Ramón Hernández. Dos días más tarde falleció en el Hospital Fernández.

En el expediente de esa causa, que posee más de 27 cuerpos, al menos cuatro testigos  han vinculado a Guillermo Cóppola con el crimen. 

Uno de ellos es Carlos Hugo Kolosko, preso en la Unidad Nº 1 del Servicio Penitenciario de la Provincia de Buenos Aires, quien el 30 de diciembre de 1994 declaró ante el juez Francisco Trovato que un tal Hugo Manuel Jiménez le había confesado que “iban a matar a Armentano y a él... que los había mandado matar Guillermo Cóppola. Poco tiempo después de su confesión, Giménez fue asesinado de siete balazos en la zona de El Palomar.

En el mismo sentido, declaró la mediática Natalia Denegri, el 29 de junio de 1994; “En febrero de 1994 conocí a Oscar Fabbre, propietario de la discoteca New York City (...) a mediados del mes de abril de este año me dijo que tenía la certeza de que lo iban a matar a Poli Armentano y temía que lo complicaran a él en el asunto (...) Oscar me dijo: ‘Mirá Natalia... yo ya hablé con Cóppola y sé que lo van a matar.”

Denegri contó que el mismo día que los diarios publicaban el atentado contra Poli Armentano, Fabbre la había llamado muy excitado: “¿Viste que yo no estoy tan loco como dicen? ¿Viste que lo mataron con un tiro justo y profesional? ... (Igualmente) la causa va a quedar en la nada, Cóppola y sus amigos conocen a gente muy poderosa y a muchísimos jueces”.

Para chequear y contrastar la información aportada por Natalia Denegri, el juez Trovato citó a su madre quien coincidió con su hija al asegurar que Fabbre había hecho comentarios acerca de muerte de Armentano: “(Fabbre) en una cena efectuó comentarios al respecto y recuerdo que dijo, entre otras cosas que no he retenido, que lo habían matado (a Poli) como consecuencia de un ajuste de cuentas debido a una deuda que no había pagado”.

Finalmente, el juez citó a declarar al propio Guillermo Cóppola el 16 de diciembre de 1994. Guillote nunca fue interrogado acerca de las declaraciones que lo incriminaban y a partir del día 19 del mismo mes la cuenta bancaria de Trovato registró un “casual” incremento de U$S 62.000. Monto que en un par de meses llegaría a incrementarse hasta alcanzar los U$S 500.000.

De más está decir que, a partir de allí, la situación procesal de Cóppola se alivió.


Concluyendo

Si esta fuera una película, sería una de las peores. Como esas en las que ganan los malos.

El juez Trovato terminó preso. Hernán Bernasconi terminó igual. Natalia Denegri terminó desprestigiada y Poli Armentano no volverá del más allá.

Mientras tanto, Guillermo Cóppola sólo atina a sacudirse para limpiar las pocas manchas que le quedan.

¡Y qué bien que lo hace!

 

Christian Sanz

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